Fumando con ansia aquel cigarrillo empiezo a notar excesivo calor, sobre todo teniendo en cuenta que son las doce de la mañana. El dolor de cabeza que tengo es insoportable. Un martillo taladrándome el cerebro. Y aquí estoy, como si no tuviera otra cosa que hacer. Es mi pensamiento continuo mientras mantengo las típicas conversaciones de ascensor ¡Qué calor hace! ¡Cuánta gente!

A mi lado un rastafari fumando tabaco de liar, que ya nos ha traído la primera alegría del día: la mirada desdeñosa y reprobatoria de los allí congregados. De repente vemos venir una señora, cogida del brazo del antiguo maestro del pueblo, con tacones y abrigo. Lleva un moño que le da altura, los labios pintados muy rojos y unos enormes pendientes de perlas.

  • Ana, ¿va usted a votar? — le preguntó un vecino desde la puerta del bar.
  • Claro hijo, ¿dónde voy a ir sino? — dijo la señora muy rotunda—Vengo de misa y voy a votar— Apretó fuertemente el brazo del hombre al que iba sujeta y pegándole un buen meneo dijo— Voy con Ramiro, que es “de los nuestros”.

Los restos de las hogueras de San Juan reposaban en el suelo enfrente del colegio. Como escuchamos aquella conversación dejamos la fumadera y entramos rápidamente. No fuéramos a no estar en nuestro sitio.

Me senté en aquella incomoda silla, apenas me cabía el culo. A mi altura llegó la señora muy resuelta, me tendió el DNI y miró al rastafari de mi lado con desdén -cosa que dicho sea de paso llevaba sucediendo toda la mañana- me quedé por un momento pasmado mirando su nombre en aquel gran papel plastificado. En toda la mañana no había visto ningún documento antiguo. Encontré el dato que intuía, y tocando el plástico doblado de los bordes busqué la forma de decirle suavemente a aquella mujer:

  • Señora… lo voy a consultar… — le dije con duda — Pero creo que usted no puede votar — y antes de que me increpara le razoné—: Su carné está caducado — El gesto de indignación de la señora me hizo presagiar una hecatombe. A ver quién razona con esta mujer, pensé.
  • Peeero… ¿Qué dices niño? — dijo con un ligero tembleque en la boca — ¿Cómo no voy a poder votar? — Aquella buena mujer representaba la típica española de postín, giraba nerviosa su gran anillo de abolengo y movía las orejas de un lado a otro para asegurarse de saber quién la escuchaba. Se agachó y dijo al oído del maestro: ya están los piojosos estos haciendo trampas, así ganó yo también las elecciones.
  • Señora, no se preocupe — intervino el perro flauta — a mi compañero no se lo han explicado bien. Puede usted votar con el DNI caducado ¡eso sí, señora! — le agregó el rastafari en tono sabiondillo— Asegúrese de arreglarlo porque puede necesitarlo en vigor para otra ocasión.
  • ¡Estos socialistos! ¡Qué haríamos sin ellos! — espeta impertérrita la señora. Se vuelve a mirarme de reojo por haberle negado sus derechos.
  • Señora Digna. Discúlpeme —mi cara tenía que resultar cómica— No lo sabía — le dije lo más educado posible. Bajando el tono porque me daba hasta un poco de miedo le pregunté — ¿Dónde está su papeleta?
  • ¡Pues eso me gustaría saber a mí! —contestó indignada la señora — Se debieron creer que ya estaba muerta y no me la han mandao — dijo mirando al maestro— O como soy vieja pensarían que ya no podía venir…
  • No, señora. No se las han enviado a nadie — le dijo el rastafari interviniendo de nuevo, subiendo mucho la voz — Ya sabe, ¡por ahorrar! Venga usted conmigo que allí tiene para coger la que quiera — Se dispuso a cogerla del brazo.
  • ¡A mí un socialista no me coge del brazo! ¡tontaina! ¡Por ahorrar, dice! A buenas horas se acuerdan estos de ahorrar— soltó la mujer muy ofendida.
  • Señora — suspiró el rastafari — ¡Que yo no soy socialista! ¿No ve usted la pegatina que llevo?
  • ¡Como si lo fuera joven, como si lo fuera…! ¡Usted lo que ahorra es en champú!—La señora le miró malamente de arriba abajo, deteniéndose con ojos indignados en la pegatina, para acabar renegando mirando su pelo. A mis ojos asomaban las lágrimas de aguantar la risa.
  • Vera usted, Ana —intercedió el maestro llevándola consigo— Ahora tiene que entrar ahí, escoger su papeleta, meterla en el sobre y dársela al chaval — Ramiro intentaba solventar la situación. Le señalaba a la señora el chiringuito granate que era como una tienda de campaña destartalada, la tela estaba sucia y raída. La mujer no daba crédito, fruncía el ceño.
  • ¡No hombre no! Yo ahí no hago nada ¿No se da cuenta que me van a ver de todas partes? — refunfuñó.
  • No la ve nadie, Ana. Yo la tapo — resopló el maestro y la cogió del brazo para acompañarla dentro.

Desde fuera veíamos dos bultos con mucho movimiento y gran alboroto.  Salió la señora con cara compungida y descompuesta. Me tendió el DNI y yo intenté tragarme el gesto. Le comuniqué al rastafari “Digna Marciana Pérez González”; se hizo un silencio extraño. Pasamos el bolígrafo por encima de la regla sobre su “nombre”. La señora depositó su voto y echó a correr a toda velocidad.  Se olvidó de todos nosotros y no dijo ni hasta luego.

  • ¿Qué ha pasado? Le pregunté al maestro.
  • La señora Ana, que es comunista y no quería votar a Podemos. Quería su papeleta individual — se rió Ramiro— Después quería ponerlo con el bolígrafo por detrás y firmar poniendo su número de DNI. He tenido que explicarle que eso le anularía el voto.
  • ¿Esa señora es comunista? Preguntó el rastafari con cara de susto.
  • Esa señora es hija de una de las mujeres que más luchó por el voto femenino. Fusilaron a su padre y a su tío. Se crió con su madre en un campo de concentración.
  • Cualquiera lo diría…— le interrumpí. Y yo quería dejarla sin votar.
  • Dice que Pablo Iglesias no es presentable ¡A donde irá con esa coleta! ¡Tanto pelo en un hombre sólo es bueno para los piojos! La pobre está obsesionada con los piojos, lleva un mes con esa cantinela.
  • ¿Y usted, qué opina Don Ramiro? — le pregunté muy bajito para que no se ofendiera. Yo me refería a Pablo Iglesias. El debió interpretar otra cosa.
  • Yo voy a optar –como he hecho siempre- por el mal menor — dijo resignado— Ahora parece que vamos saliendo de la crisis — acarició su bigote y metió el sobre en la urna— ¡Los experimentos con gaseosa, chavales!— sonrió y nos guiño un ojo. Depositó el voto y cuando ya salía por la puerta se giró y nos dijo — Voy a visitar a Ana, que a su edad se ha ido como loca con el tema. No vaya a ser que a lo tonto se coja un disgusto. Que tengáis buen día, nos dijo. Si, si, cojonudo, pensé yo.

Pasado un rato me moví en la silla como si estuviera llena de chinchetas. Me  dolía el culo de estar sentado. Miré al rastafari y le dije:

  • ¡Hay que joderse! Todo el día aquí, obligado por ley. A 63,24 euros la jornada -que dicho sea de paso me viene muy bien pero que yo no quería- para ver a la señora ésta de las perlas que es comunista. Al maestro republicano que es de derechas, con lo que celebró la abdicación del Rey. A ti con tus rastas y tu pegatina de Ciudadanos. Para luego tener que oír que el hipócrita soy yo porque llevo un polo Lacoste y voto a Podemos.
  • Hipócritas somos todos Andresín, ¿te enteras hoy?

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