El otro día mi amiga Laura me pidió que escribiera sobre un tema : la lactancia.

¡Sí, sí! Ese tema que parece nuevo y lleva toda la vida con nosotros.

Por ahí circula algo así como un manifiesto que crítica que las mujeres se tengan que encerrar en un cuarto de baño para amamantar. Lo plantean preguntando si a ti te gustaría encerrarte en uno a comer. Lo leí pero no lo procesé.

Mi experiencia con la lactancia ha sido intensa. Con mi primer hijo no lo conseguí. Y me agobié, me agobié mucho. Hasta el punto que no quería darle en público el biberón porque me sentía mala madre. Como nació por estas fechas salíamos mucho a la calle. Cuando me tocaba darle de comer me daba la impresión de que la gente me miraba mal. No sé si lo hacían realmente o no, pero yo sentía el peso de fuertes miradas inquisidoras.

La cosa acababa de empezar: ¡Bienvenidos a la maternidad real!

Mucha gente me preguntaba ¿No toma la teta? Con un tonito crítico que me ponía de los nervios.  Siempre (obviamente) me lo preguntaban mujeres. Y siempre (obviamente) el matiz crítico lo intuía yo.

Lo intenté y lo intenté y lo volví a intentar. En esta cabezonería que me caracteriza. Compré cincuenta mil historias. Me hice sangre con unas pezoneras y un sacaleches; dos inventos del diablo. Leí trescientos artículos sobre lactancia y al final lo dejé por imposible.

Pero como el chantaje es tan serio que se pone en juego la salud de tu hijo (con cosa más sagrada no se puede jugar) me seguí agobiando con las visitas al pediatra o las salidas a comer. Y lloré mucho con el tema. Y lo recuerdo y me agobio, pero gracias a dios ya no lloro.

Después nació mi segunda hija, que tiene dieciocho meses y no he sido capaz aún a destetarla. Se niega, llora, grita, patalea y se pone morada hasta que se acerca a la teta, después enciende la luz abriendo mucho los ojos. Se llena de emoción y con la sonrisa propia del que vuelve a verse a salvo suspira. De vez en cuando la miro y me recrimino a misma la experiencia anterior, sintiéndome culpable.

Nunca me han mirado mal en ningún sitio. le he dado el pecho en la calle, en un bar, en un parque, en un aeropuerto, en una estación de autobuses o donde hiciera falta. Nunca me he escondido y nunca he notado la mirada acusadora de nadie. Quizás porque no la buscaba, porque estaba súper orgullosa de haberlo logrado. Me habían inyectado esa dosis extraordinaria de autoestima, que primero injustamente me robaron.

Nunca me han llamado la atención en ningún sitio, e incluso en un ocasión una mujer que no conocía de nada vino a mi espalda a ponerme un cojín. Esa es mi experiencia. Y no me quiero ni imaginar mi reacción si hubiera sido la contraria.

Ahora bien: ¿Qué parte de las cosas que hacemos está influenciada directamente con cómo nos sentimos? Yo me sentía mal y me miraban mal. Me siento bien y nunca he visto que nadie me mirará mal.

No digo que la gente no te miré mal –muchos lo hacen- pero si tú te sientes bien ni siquiera los ves 🙂 🙂 🙂

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