Pocas cosas me repatean más en esta vida que la típica persona que te dice: ¡Oye, que yo tengo un amigo gay! Como si eso te hiciera tolerante. Un carné que muchos abanderan presumiendo; careciendo  luego de ningún tipo de empatía y con menos credibilidad que un político español.  En fin, que vamos muy de progres y damos bastante pena.

Una de las imágenes más impactantes que yo me encontré en el verano de 2006 -recién llegada a Madrid- fue la del desfile del Orgullo Gay. Aquel espectáculo de multitud y colores me pareció un fiestón espectacular, monumental, colosal, divertidísimo y abarrotado de gente.

Se celebraba la libertad sexual -y no dejaba de ser un espectáculo- pero tengo que reconocer que miré con pudor -cateto y pueblerino- ciertas carrozas.  Me impresionaron mucho los bigotudos con tirantes de cuero y fustas. Aquellos hombres no pestañeaban, no les molestaba el calor; serios, grandotes, metidos de lleno en el ambiente. Me apasionan desde entonces las locas muy escandalosas con grandes pelucas y labios morados. Con ese cuerpazo y esa envergadura.

El desfile de personajes variopintos me cautivo. Y me enamoré de Madrid. Personas de todo tipo desfilaban bailando por la calle sin ofender a nadie; defendiendo su orientación sexual y su forma de ser, de vestir, de caminar. Eufóricas. Presumiendo. Orgullosas. No era una sumisión resignada a la condición sexual de aquella gente; que en mi opinión es lo que predomina en la mayoría de las casas. Era una realidad social mucho más pura. Más sana.

Quién lo quiere ver de otra manera lo pinta gris. Allá sus ojos.

A estas alturas lo único que me parece triste es que uno tenga que manifestar el orgullo de ser gay; pero como soy mujer lo entiendo perfectamente. Uno siente orgullo, y lo reitera y lo grita porque en muchas ocasiones lo desplazan marginado. Ninguneado. En muchísimos ámbitos sigue existiendo una amarga diferencia entre ser o no homosexual, y no hacemos nada por evitarlo. Es como si la sociedad hubiese llegado a un tope, a partir del cual todo sigue vetado.

Las mujeres -como los gays- tenemos mucho conocimiento de este tema. Por eso, en mi humilde opinión, ellas son algo así como la marginación elevada a la décima potencia. Las lesbianas: féminas homosexuales, toda una demostración de eterna lucha.

Terminemos de una vez por todas con tanto estereotipo. Asumamos la homosexualidad como algo natural porque “es” algo natural.

Los hombres ya tienen mucho apoyo; yo me declaro lesbiana. Me gustan muchísimo más las mujeres ¡Donde va a parar! Me gusta su ropa, su pelo, su olor, su maquillaje, su estilo, su forma de hablar, de caminar. Su entrega, su dedicación, su valor, su determinación, su fuerza. Su audacia, su inteligencia, su instinto maternal, su lucha. Todo en una mujer me parece bello, solemne y fuerte.

Por eso, y porque me da la gana: me declaro lesbiana.

¡Feliz día del orgullo!

Erradicar el machismo dependerá siempre de nosotras.

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