Guadalajara, 8 de julio de 2016

Queridos todos:

Os debo una carta de presentación. A los que me leen pero no me conocen. A los que me conocen pero no me identifican cuando me leen.

Nací en Asturias, en 1979. Crecí en Moreda de Aller, en una barriada minera. En un pueblo por el que guardo pasión y muchas veces gran añoranza.

Presumo siempre de ser hija, sobrina, nieta y bisnieta de mineros. Presumo de asturiana y dinamitera de las ya famosas cuencas mineras. Viví cuatro años en Madrid, tres en Canarias y ahora resido en la Alcarria, en Guadalajara.

Conocí la trastienda financiera de dos multinacionales españolas. Intenté opositar cuando ya no salían plazas (suspendí las que hubo :)) y al final me puse a escribir porque me encanta. Atrás quedan también tres embarazos. La pérdida imborrable del primero y la llegada de mis dos hijos. La inconfundible recepción de lo más maravilloso que nos da la vida.

En el bestial cambio de la maternidad uno renace. Es cierto -o en mi caso lo ha sido- que se deja atrás lo que uno fue para llegar a otro «yo» mucho más grande.

La madurez, la responsabilidad –ese duro trabajo que tanto abruma-, dejan paso también a una inagotable necesidad de mejorar. Ser padre te sensibiliza, te hace fuerte, vives más preocupado por el suelo que pisas, para que ellos pisen con seguridad, como tú has hecho.

Mis abuelos nacieron sin opciones, mis padres con pocas; nosotros con casi todas. En el futuro incierto ninguno nos atrevemos a diagnosticar cómo vivirán nuestros hijos. No me gusta la versión catastrofista de quién augura que vivirán peor que nosotros, pero no me logro convencer de lo contrario.

En un intento por asimilar nuestro presente rescaté de un baúl escondido la vida de mis abuelos. Esos a los que yo tuve la fortuna de querer y conocer; -o eso creía-. Querer los he querido mucho, y los he disfrutado muchos años. De su vida he sabido bien poco, me doy cuenta ahora. Tras meses de investigación, de archivo, de libros, de hablar con las personas que quedan, las que recuerdan; con el ánimo de montar una novela, he llegado a la conclusión de la ignorancia total en la que estaba.

El que me conoce sabe que siempre he tenido pasión -sin saber demasiado las causas- por todo lo que rodea a la guerra civil.

Después de mil horas de trabajo he llegado a la conclusión de que heredamos muchísimo más que unos ojos, una nariz o un pelo. He descubierto cosas horribles, cosas preciosas, he llorado mucho y he tenido pesadillas; pero sobre todo me he encontrado a mí misma reflejada en la historia de mi bisabuela. En la infancia robada de mi abuela. En el adulto precoz que fue mi abuelo. En la realidad de algo de lo que opinaba de una forma absurda y superficial antes de tantas horas de trabajo.  Me gustaría compartir con vosotros -sin saber siquiera si mi proyecto verá la luz-  muchas de las historias apasionantes con las que me he encontrado.

Su divulgación nos hará siempre mucho más dueños del hoy y su conocimiento más conscientes de ese mañana.

Posdata: aceptaré encantada cualquier información, historia, foto, recomendación literaria o cosa que queráis enviarme.

4 comentarios sobre “Mi yo real, mi yo virtual.

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