“Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.”

Siempre hay en su presencia un matiz, en su mirada una determinación profunda, en su voz una palpable omnisciencia.

En mi imaginación, Federico García Lorca siempre será un hombre guapo, de pelo negro y piel gitana. Un andaluz de ojos penetrantes. De carisma pasional y entregado. Una presencia atormentada por el talento, que te hace insoportable tanta locura.

Un hombre sin carné; asesinado a sangre fría. Enterrado en alguna ladera.

Un hombre al que no se le ha dado nunca sepultura. Uno; de más de cien mil.

Un hombre por el que no se ha pedido nunca perdón. Un perdón que nunca se ha creído merecido.

Un hombre, ochenta años después: con las bodas de sangre y la pena negra.

En estos días de aniversario he leído estupor por el poeta, rabia por un país que tiene enterrado a lo más grande del siglo XX en alguna cuneta. Lorca está donde tiene que estar:

Con la muerte, con la pasión y con el engaño,

Con la sangre, con la navaja y las flores secas.

En su pueblo, en sus raíces, en su tierra enterrado,

con sus veletas.

Al llanto flamenco de una guitarra,

con el alma en pena y la vida negra.

 

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