A mi querida hija:

A veces creo que dejo este mundo bastante peor de lo que estaba, cuando yo nací, cuando yo me casé, cuando nacieron mis hijos. A veces creo que hemos hecho todo demasiado rápido, demasiado mal. Otras, en cambio, bendigo la oportunidad de haber vivido tantos años, de haber sufrido tantas cosas, de haber llegado a conocerte.

A mi generación de mujeres no les tocó sentir, solo se nos brindó sufrir.

Toda la vida sufriendo.

Nos casamos por obligación. Aguantamos por imposición.

Una vida más perra que la de una escoba: limpiar y limpiar para quedar tirada en alguna esquina. Abandonadas y olvidadas de cualquier necesidad. No teníamos derecho ni a quejarnos. La que amagaba en protestar se llevaba un bofetón del marido que se quedaba fría.

Toda la vida trabajando.

Comíamos cuando nuestros hijos ya habían comido. Dormíamos cuando los ojos no te permitían coser lo que andabas arreglando. Estirábamos el cocido de dos para comer catorce. No tenías tiempo para ponerte mala, para quejarte que de tanto parto estabas matada. Con las manos en carne viva de lavar la ropa, siempre a punto de llorar; como poco suspirando.

Nadie te agradecía nada.

Toda la vida a punto de romper, sin desbordarse.

Mi marido lo vi bien poco; se murió muy joven. En la soledad y la viudez me encontré a mí misma. Mis hijos se criaron sanos y se fueron pronto. Se te iban tan rápido que no te había dado tiempo a nada, ni a educarles, ni a explicarles, ni a aconsejarles… Se iban sin saber que la vida era tan dura y tan amarga.

Se te iban sin más. Sin darte cuenta.

Toda la vida hecha para quedarte sola.

Me asomaba mucho a la ventana, a una vida resuelta en pena, a una pensión humilde. Sentía una soledad infinita, una tristeza continua y un mar de angustia. Las lágrimas se desbordaban como no hacían antes, me acompañaban puntuales, todas las tardes.

Entonces llegaste tú, pequeña y frágil, hermosa y dulce.  La salud me permitió criarte, con la sabiduría y la serenidad que no tuve con mis hijos. Y aunque sufríamos las dos por la madre ausente poco a poco nos hicimos al lugar de aquel presente.

En la felicidad de nuestro pequeño hogar. En las castañas asadas en la cocina de carbón, que te hacía cuando eras pequeña. En los abrazos fuertes con mucho amor, que llenaban el corazón de esta pobre vieja. En tu sonrisa pícara al intentar engatusar ¡Qué sinvergüenza!

En la tranquilidad de los mejores años. Con pocas penas.

Toda la vida queriéndote.

Fuiste el mayor regalo que me dio la vida. Nací madre de verdad en tus ojos y tus abrazos. Me desvelaba pensando que no podía pasarme nada, que no podía dejarte sola. Qué, egoístamente, ojalá: nadie volviera a buscarte.

Llegaste, cuando sin saberlo, más te necesitaba. No tenía la vida hecha; tenía la vida deshecha.

Me despido sin saber si las cosas te han quedado claras. Todo lo que te quiero y todo lo que te querré. Con la duda de si he sabido transmitirte lo que no pude o no supe explicar a mis hijos.

Sé feliz en la tristeza (serlo en la alegría no tiene demasiado mérito). Sé fuerte. Sé tú misma.

Toda la vida pensando.    

No llores, no sufras. Siempre, en la mayor de las amarguras surgirá la ayuda necesaria. Siempre, en los peores momentos de tu vida aparecerá la ilusión reflejada en otra cosa.

Siempre, siempre y siempre: estaré contigo.

Toda la vida es nada.   

 

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