Estábamos en una espera eterna por las maletas, con el cansancio propio de un día largo, de trabajo primero y de un pesado vuelo después (retraso incluido). Nos encontramos un aeropuerto atiborrado de gente y un control exhaustivo de aduanas. Se me ocurrió la feliz idea de fumar. Me fui sin nada más en las manos que la cajetilla y el mechero. Salí, ojeé un poco el panorama, dos hombres me miraban raro y me dispuse a entrar un poco asustada. Apagué velozmente el cigarrillo y me di de bruces con un guardia de seguridad.

Me puse muy nerviosa.

No podía entrar por la puerta por la que había salido y no tenía documentación para pasar el filtro que tenían instalado en la entrada.  Con mi súper nivel de inglés logré convencer al policía ¡My boyfriend is here! Señalando a alguien que estaba de espaldas, y continuaba esperando el equipaje. Le enseñé mi caja de tabaco, haciendo aspavientos. Entendí, en su cara de desprecio, que no era la primera extranjera a la que le pasaba esto.

De mala gana me dejo volver a entrar.

Nos subimos a un taxi que serpenteaba a tientas la ciudad oscura. Sus estrechas callejuelas estaban poco iluminadas y silenciosas. Permanecían serenamente dormidas.

Desde el coche no se distinguía demasiado. La noche apacible y oscura de cualquier ciudad del mundo.

El amanecer nos sorprendió con un sonido ronco, ecléctico, que parecía salir de las entrañas de la tierra. Comenzó como el silbido de una mina, aquella sirena que sonaba profunda en mi tierra, llamando a los mineros al trabajo. Los cantos en árabe dieron comienzo a algo más profundo.

Me pareció una llamada de socorro. Un escalofrío recorrió mi espalda, abrí mucho los ojos y me levanté de un salto. Al correr la cortina me encontré una ciudad imponente, impasible,  acostumbrada a ese ritual que a mí me estaba dando tanto miedo.

En la calle hacía un frío amable, de un otoño en ciernes. La espectacularidad del lugar te deja mudo. No te cansas de mirar a la Mezquita ¡Es increíble! Tan colosal e imponente. Su cúpula central con sus seis minaretes. Destacan los letreros verdes con insignias árabes doradas. El gris y frio patio de su entrada se te hace solemne. Quitarse los zapatos y cubrirse el pelo se convierte en el juego perfecto, para poder divisar el espectáculo de colores en sus techos, la innumerable cantidad de azulejos variopintos en su interior, de velas y de personas arrodilladas rezando. Las alfombras lucían polvorientas y malgastadas en el suelo, enormes aros metálicos a poca altura, de los que colgaban sucias bombillas centellantes. La majestuosidad de sus cúpulas prominentes, eran cielos entre azules y dorados. Entramos y salimos impresionados.

Al cruzar un jardín: Santa Sofía. Es inhóspitamente bella en su exterior, compleja y erudita por dentro. No te queda muy claro si es católica, románica o apostólica. Dos grandes medallones, negros y dorados, con caligrafía árabe, te recuerdan dónde estas, por si te habías perdido.

Nos asaltaron muchas veces, chicos jóvenes, morenos, deseosos de llevarte a comer a su restaurante, de ser tu guía. Siempre eran hombres. En los bares, en las tiendas, en los puestos ambulantes, en el hotel, en la calle: todo eran hombres.

De camino a la Cisterna Basílica nos pilló la tercera llamada a la oración, y con el miedo en el cuerpo descendimos al color rojizo de sus adentros. Cabezas de medusas reposaban en la base de las columnas que hacían de pilares. Un número infinito de arcos presagiaban sus estrechos pasillos. El miedo se materializó en aquel horrible lugar. De ese suelo infernal parecía salir la llamada a la oración. Era como descender a las entrañas de la tierra, a un pozo lúgubre y extraño, con una humedad tan fría que calaba los huesos.  Tuve la sensación violenta de profanar un lugar sagrado.

Paseamos por lo mundano de la gran ciudad. Sus barrios caóticos y alborotados, llenos de gente, de vida y sobre todo de color. Los puestos lucían con frutos garrapiñados, negros, marrones, naranjas, en una escala de colores alineados. Olía a azafrán, a cilantro, a pimienta, a serrín, a hoja seca. Comimos un kebab en un puesto ambulante, le metían dentro unas crujientes patatas fritas. Degustamos en dulce su Baklava. Paseamos por el Gran Bazar, en el paisaje vivo y  colorido: telas, alfombras, pashminas, mil lámparas, platos, vasijas, teteras…

Caminamos comiendo pistachos, con un sabor esencial. Oliendo a té. En un mundo aparte.

Avistamos el Puente de Gálata. El perfil de un cruce en sedal, en el enjambre de cientos de turcos con la caña de pescar al hombro. Recorrimos Topkapi, navegamos el Bósforo. Oímos durante muchos días esas seis veces diarias de llamada a la oración. Compramos, regateamos, comimos en bonitos restaurantes… Nos preguntaron muchas veces si éramos turcos.

Divisamos la ciudad desde sus tejados. Estambul: una ciudad de hombres. En ese límite entre Asia y Europa. En ese límite entre la libertad de la mujer y el encarcelamiento. En ese límite entre la religión y el fanatismo. En ese límite entre el amor y el odio.

Recordé la pasión turca, pero no la película de Aranda. Recordé la novela de Antonio Gala, la real, la dura, donde al final la protagonista se suicida. Atisbé otro mundo, otra cultura, otra realidad compleja.

Sin duda la pasión es turca. Absorbente, contradictoria, imponente y terca…

Me enamoró la ciudad; aunque no lo parezca.

Relatos de viajes II: En el límite.

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