La necesidad de desconexión, de apagado, de reseteo, de volver a empezar, de renacer aunque solo sea para volver a morir; de otra manera, en otro lugar y a otra hora.

Ese ansia que únicamente se cura viviendo, descubriendo…

Esa vuelta a palpitar con la sorpresa, con la revelación, con lo nuevo.

Ese encuentro con otro “yo”. Esa grandeza que te da el mundo, la cultura ajena que se hace propia y la pureza de la libertad.

Viajar es siempre cómo volver a enamorarse, cada camino es diferente, cada mirada única.

Todas tus andanzas, como todos tus amores, se hacen fuertes e inolvidables en la memoria. Unos más; otros menos. Abandonan la soledad y la independencia para formar parte intrínseca de ti. Capítulos que irás poco a poco cerrando y que se fundirán para siempre en tu mejor novela: tu vida.

“Nuestra llegada a Dubrovnik la marcó la lluvia, intensa y ronca, que golpeaba con furia la tierra cuando pusimos un pie fuera del aeropuerto. Acompañaba a mi estado de ánimo, melancólico y triste, abatido hacía meses, el día en que murió mi mayor ilusión y me quedé para siempre echándote de menos.

Nos encontramos después una ciudad blanca y limpia, de cuento. Con castillo y sin princesa: con su hermosa muralla, sus naranjas tejados y un infinito y resplandeciente azul envolviéndolo todo: el Mar Adriático, tan pacífico y colmado.

En su suelo adoquinado apetecía saltar. En sus elegantes terrazas nos encontró la luz. Un radiante sol iluminó cada momento del viaje, avivando los colores y exaltando su confrontación.

En la belleza de aquel país se vislumbraba la esperanza y la paz. En la cerveza mirando al mar volvieron la serenidad y la ilusión, las ganas de vivir.

Comenzamos el viaje por obligación, intentando animarnos a superar una pérdida inesperada y dura. Estábamos sumergidos en un duelo  gris, en un vacío sin igual y en una angustia muy tenaz. Lamiendo ásperas heridas, tan difíciles de curar en origen y de tan rápida cicatrización con perspectiva, con distancia y con  tiempo, con paisajes bonitos y lugares nuevos.

Subidos a un coche de alquiler recorrimos Croacia, sin prisa, sin despertador y sin organizar. En ese deambular a tientas la policía nos interceptó. Sin darnos cuenta habíamos salido del país.  Bosnia nos dio la bienvenida con un imponente cartel. Leerlo me erizó la piel.

Tras el abrazo cariñoso de Dubrovnik: el sol, las cervezas, las risas, las islas pérdidas y las playas sin arena, los parques naturales y las cataratas, los abrazos eternos, la pena casi disuelta, el amor agarrado y las miradas plenas; tras la incertidumbre al pisar la frontera, Zagreb nos recibió con el frío seco de una mañana extraña, con una monumental plaza con su típica estatua de hombre a caballo. La lluvia volvió a caer intensa, pero esta vez la escuchamos desde la cama, en el calor de un bonito y moderno apartamento, en las caricias de un amor más fuerte, de una unión más sabia. Sabanas revueltas en honor a ti, a lo que podías haber sido tú, a lo que fuiste y a lo que siempre serás.

Días después continuamos recorriendo Europa en aquel tren, que nos llevó a otra ciudad de cuento: mi Lilliput. Lo mejor de un viaje siempre es ese trayecto en tren, espiritual y silencioso, en su sabio traqueteo, en las miradas infinitas por la ventanilla y en el descubrimiento de un nuevo horizonte.

Liubliana me enamoró en su sencillez, en el río que cálidamente cruza la ciudad eslovena, envuelta en sauces y enredaderas, en el verde dragón que ruge en el puente al vernos cruzar, en el majestuoso castillo que inspira las más remotas leyendas. Me enamoró en los paseos de tu mano, en tu eterno cariño y en tu inmensa compañía.

Y al final, en una góndola negra, en atardeceres calmados y en la ansiada paz, conocimos Venecia sin ti, sin impaciencia y sin pena. Esquivamos la multitud para tomarnos lejos un Spritz Aperol, aquel anaranjado vermut, -como los tejados de Dubrovnik-, con el que brindamos en una cantina italiana por ti, por aquel bebé que se fue y por el que vendrá. Por nuestro amor. Por nuestra compañía. Por nuestra fuerza. Por la esperanza: ingrediente indispensable en esta vida. Por el renacer. Por desconectar. Por cicatrizar. Por no rendirse jamás.

Conocimos Venecia sin ti, pero a tu lado”.

Aquel agua tan triste no ha vuelto a caer. La felicidad y la alegría llegó para siempre con mis dos hijos; apareció el cansancio y la locura del viaje más intenso, el más sobrecogedor y sorprendente; lleno de acantilados y rocas: de precipicios. Conocimos el amor más puro, más incondicional y verdadero.

En el paisaje espectacular y bello, árido e imponente de la maternidad cualquier experiencia anterior se queda corta.

Comprendí:

Que hoy no sería la misma madre si no hubieras existido tú.

Que no sentiríamos el mismo amor y la misma unión de no ser por ti.

Que me faltaría la sabiduría de aquel tren, la calma de ese mar y el acecho de un dragón.

 

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