El espectáculo estaba servido.

Nos sentamos a comer entre el frío de la espera por alguien que llega tarde y el calor derivado de las tensas emociones. Fue bochornoso, abrumador y bastante desagradable.

Hace demasiadas sobremesas (de esas en que tanto hablamos de política los españoles) que escucho a mis amigos decir, entre mofas y decepciones, que el PSOE va perdiendo las letras, las lleva arrastras, como un peso extraño pero inexorable.

La gran pérdida es la “O”, que se cargaron claramente con la reforma laboral.  La “E” la han viciado tonteando. Ha habido épocas en que les ha interesado ser independentistas y ahora, puritanamente, quieren ser los más nacionalistas. La “S” lleva tiempo sin funcionar. En este país, ni hay administración estatal de medios de producción, ni redistribución justa o injusta de la riqueza.

Anoche perdieron la “P”.

A un conjunto de personas que han perdido por completo las formas, además de sus siglas, se les puede decir bien poco.

Esta es la debacle del sordo, del ciego, del vago… Es el deterioro del enfermo que se ha dejado al completo morir por abandono. El regalo sucesivo de votos. Intervención tardía. Mala praxis. La crisis de este partido va más allá de la desagradable riña de gatos que originaron anoche, es ideológica, moral, profunda y plena.

Tengo muchos amigos socialistas, militantes de hace años y simpatizantes, y me entristece lo mal que lo están pasando. Los veo como los trabajadores de una gran empresa, gente buena, responsable y moral, con las ideas claras, prudentes, solidarios y responsables: respetuosos.  Los veo dirigidos por algún cabrón egoísta y patriarcal, que no se preocupa en absoluto por el cliente. (Mucho menos por el trabajador)

Si nos paráramos a analizar fríamente la financiación de los partidos políticos podríamos llegar a asimilar que son empresas. No sólo por a quién defienden en sus intereses, sino también en sus “nobles” normas de funcionamiento interno.

La gestión tardía de la crisis, la reforma laboral, la modificación del artículo 135, los ERES de Andalucía, han sacado demasiado al PSOE del centro en el que ya se tambaleaba: “el que juega con fuego acaba quemándose…”. Ahora no les queda más salida que apoyarles.

Si yo hubiera sabido nadar a estas alturas de la vida sería azafata. Pero algo falló. Pasada la entrevista personal, en la que me dijeron que era requisito imprescindible, con cierta indignación y un poco de cabreo decidí no presentarme. Asumí que era condición indispensable. Me molestaba, o no llegaba a entender, que tipo de accidente aéreo tendríamos que tener para que se muriera la gente porque yo no supiera hacer cien metros en dos minutos.

Si te interesa la política, has decidido dedicarte a ella, aspiras a organizar y gobernar los asuntos del Estado, si eres senador o diputado, ahora no puedes alegar situaciones inmanejables o aires difíciles, accidentes extraños. No puedes pretender normas que sean diferentes para ti, procedimientos adaptados.  Si no sabías hablar, dialogar o negociar no haberte hecho político, podías haber sido azafata, bibliotecario o flautista.

A mí no me preocupa Pedro Sánchez, ni Rita Barberá, ni Errejón, ni Albert Rivera…

Me preocupa mi país.

Me preocupa la educación de mis hijos y la sanidad de mis padres. Me preocupa la dependencia. Me preocupan las pensiones. Me preocupa el paro que tantos problemas mayores origina. Me preocupa la corrupción sistematizada. Me preocupan los desahucios. Me preocupa que una enfermera tenga el doble de pacientes por planta, que un médico opere de doblete, que un albañil no pueda coger la baja. Me preocupa el cáncer, que un inmigrante se muera en la patera, que un terrorista se inmole sin dar guerra…

Me preocupa que de esta situación desalentadora hagamos una lucha de partidos.

Me preocupa que no sepamos poner freno a esta pérdida interminable de certeza.

Se puede ser de izquierdas, sensato, responsable, integrador y conciliador. Se puede ser íntegro, moderno y educado.

Se puede ser de derechas, igual de sensato, de responsable, de integrador y de conciliador.

Pero lo siento en el alma, (sobre todo por Albert Rivera) todavía no se puede ser de izquierdas y de derechas. No por capricho, no por encabezonamiento ni malas ideas, no por votos, no por programa.

No se puede ser ambivalente por elección. Es contradictorio. La opción no existe por ideal: por valores, por ambición, por objetivos, por pensamientos, por conciencia, por moral, por lealtad, por dignidad, por igualdad y por justicia.

 

Si tratas de quedar bien con todo el mundo, terminaras quedando mal contigo mismo.

 

 

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