Los besos, las risas, las miradas cómplices, las manos entrelazadas de unos inicios bellos, inolvidables.

Desde el avión solo veíamos mar, infinito y azul. Yo miraba expectante por la ventanilla, tú me mirabas a mí, intentando descifrar mi reacción… Te cogía la mano cuando con tu boca en mi cuello, acurrucado a mí junto a la ventanilla, me abrazaste y me dijiste: ¡Ahí está!

Mis ojos se clavaron en la imagen que impaciente señalabas, mi estómago rugía nervioso: ¡Lanzarote! ¡Ahí está Lanzarote! 

Las islas afortunadas son, sin duda, el lugar terrenal más parecido al paraíso (lo dicen los griegos), inaccesibles, lejanas, llenas de quietud y de paz, de silencio y de sol, de felicidad…

En un primer momento yo solo veía un trozo de tierra, más bien pequeño, en lugar de una isla parecía un peñón, rodeado de agua pero peñón, árido y negro.

Tengo la extraña costumbre de inhalar profundamente el aire de la tierra que piso por primera vez, salí del avión dispuesta a ello y en lo alto de la escalera una ventolera terrible me tambaleó, aspirándome ella a mí. Tengo la extraña costumbre de mirarlo todo con precisión, muy atenta a cada nuevo detalle de esa primera impresión; el pelo al viento me cegó por completo, bajé las escaleras a tientas, con cierta inquietud y bastante nerviosismo.

Sin poder inhalar ni poder observar…

Los lugares cambian, te enamoran, te decepcionan, te reconcilian, te acogen o te rechazan.

Lanzarote me cautivó.

Me resultó el paisaje muy extraño, la calma inquietante, el olor sorprendente. El deslumbrante azul del cielo mezclado en “un todo” con el mar; no tenía principio ni final.

Los cuatro elementos en estado puro, el aire furioso, el agua fría, la tierra seca y el fuego ardiente de los volcanes.

La soledad de sus carreteras, la tranquilidad de su gente, el calor de su vida, la paz que respiras…

Caminas en la intensidad de su negro y su azul; de su morado. El negro de Timanfaya y el azul de Famara, el morado de unos atardeceres de ensueño, llenos en otoño de largas nubes, malvas y moradas. Largas tardes de nubes de fuego, volcánicas y anaranjadas, cuando se apaga la luz y amaina el viento.

Las vides, cercadas de piedras, enclavadas verdes, destacando sobre la negra capa volcánica… Monumentales agujeros en las montañas, como mordiscos de un dragón intentando llegar a  las entrañas.

La riqueza del vino, del queso, del sancocho, del salmón ahumado, del mojo, de las papas, del cherne, de la vieja, del gofio, del millo…

Tomarse un barraquito en Arrieta, con su olor a canela y su sabor a limón y a leche condensada, de fondo el rugir del mar y el amargo regusto de un buen café, la serenidad, la tranquilidad y el disfrute.

Un arroz caldoso entre rocas, en pura paz y  en la inmensa compañía de aquel Golfo…

El aire, revolviéndolo todo e impidiendo la visión. Unas veces cargado de arena, de tierra, de un calor abrasador como el fuego de un volcán; otras veces frío e inmenso como el agua del Atlántico que envuelve la isla.

¡La fortuna!, siempre tan casual y tan lejana…

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