Días antes de partir me zambullía en una montaña rusa de emociones,  tan pronto tenía ganas de llorar como me embargada una inmensa alegría.

Saliendo de casa hacia el aeropuerto me temblaban hasta las piernas… Había leído que era una sensación completamente normal: estaba muerta de miedo.

No soy una persona solitaria ni introvertida, no aspiraba voluntariamente a tener que viajar sola. A mis treinta y seis años todas mis amistades viajan en pareja, están ocupadas con sus hijos o simplemente no comparten conmigo la pasión por la aventura de conocer otra cultura, de vivir otra realidad, otro mundo… (Coincidir en fechas y en presupuesto tampoco es fácil).

Entonces es cuando tienes que tomar una decisión, piensas: “O me organizo unas vacaciones que no me motivan… o me lanzo a la aventura de un viaje sola”.

Es en este punto me puse a leer en Internet, foros, blogs y todo lo que pude acerca de cómo se habían sentido otras mujeres (¡y hombres!, pero sobre todo mujeres) en mi situación. Afortunadamente hay  información a patadas, fue muy gratificante sentirme comprendida y me dio el valor para decantarme definitivamente por la opción de un viaje en solitario.

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El país que escogí no fue al azar. Sri Lanka es mayoritariamente budista y (por mi experiencia), las personas que practican esta religión, suelen ser tranquilas y respetuosas.

Además, en todos los blogs lo consideraban un destino seguro para viajar sola. El país cumplía también con lo que para mí son tres requisitos fundamentales para una experiencia completa: cultura, naturaleza y playas. Tienes mil cosas interesantes para hacer en un lugar tranquilo y con distancias asequibles, ¿qué más se puede pedir?

Al llegar las emociones se estabilizaron, me di cuenta de que había que tirar para adelante. Tenía que ir preocupándome de las cosas según fueran pasando, de nada sirve ponerte a pensar en catástrofes remotas (fruto de mi imaginación), bastante rocambolescas y poco probables.

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Lo “menos bueno” fue la presencia continua de una pesada compañera de viaje: la precaución. Mil ojos a la hora de contratar transportes o excursiones individuales, siempre me retiraba a mi alojamiento en cuanto se hacía de noche y me pasaba el día charlando, murmurando, consultándolo todo con mi conciencia, con mi sexto sentido.

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Lo “mejor”: no tuve ningún problema. Con amabilidad los locales te aconsejan y te ayudan. He conocido un montón de viajeros: de Alemania, Abu Dabi, Tánger, Argelia, India, Suecia y por supuesto España. Entre todos ellos varias mujeres viajando solas.

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He cogido autobuses y trenes locales, siendo la única extranjera en algunas ocasiones, y es una sensación increíble por la cantidad de estímulos que recibes: colores, olores, tactos…

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He vivido al día, teniendo que tomar decisiones cada tarde de cómo organizarme al día siguiente: qué quería ver, dónde iba a comer, a dormir…

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Mi sensación es que nada es tan difícil como parece antes de empezar.

Al acabar me sentí más libre que nunca, descubrí a mi alcance un mundo lleno de posibilidades…

¡Si quieres, puedes! (Sin necesidad de renunciar a viajar por no hacerlo sola).

Leire Ruiz Solozábal

Relatos de viajeros invitados: Sri Lanka por Leire

 

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