“¡Tengo un trabajo de mierda, una casa de mierda, un coche de mierda… una mujer de mierda…!”

Así comenzaban los gritos en el quinto izquierda.

Siempre iban seguidos de golpes, de lamentaciones, de más golpes y de más lamentaciones.

Algunas veces se oía a los hijos, que intervenían en auxilio de su madre. Entonces se precipitaban violentamente muchos más gritos, muchos más golpes, muchas más lamentaciones…

Después; un profundo silencio, un vacío, una nada palpable que lo absorbía todo.

El dolor y la amargura se lo tragaba milagrosamente la tierra.

Hasta la siguiente.

La siguiente no solía tardar una semana.

Esa misma tarde veíamos bajar a Lenita, con la cabeza gacha, unas grandes gafas de sol, un pañuelo que le envolvía el cuello aunque fuera verano y un quebranto en la voz que te partía al alma.

Varias veces la vi, como aquel día, salir después de casa de su padre, en el portal de enfrente. El viejo, apoyado en su bastón, abatido y  cansando, siempre refunfuñaba con alguna vecina. “Solo saben venir a pedir dinero… ¡la culpa es suya!”  le oíamos protestar por las esquinas: “Tantas ganas tenía de casarse, tanta prisa por salir de esta casa…”

Al volver, la anciana del tercero la paró en el descansillo y le dijo, “Lenita, necesito una mujer de confianza, que me ayude unas horas con la casa”. Las dos se pusieron muy contentas, en silencio encontraron consuelo y compañía.

Horas después llegó la siguiente, los gritos, los golpes y las lamentaciones. La pobre bajó avergonzada, con gesto triste y resignado, para decirle a la mujer que ya no podía.

Elena subía a trompicones las escalera, la veías entre pensando y murmurando: “la culpa es tuya, ¡eres una inútil! Si hubieras estudiado más, si te hubieras esforzado más, ahora no estarías de esta manera…” Escuchó a uno de sus hijos en el portal, gritando, discutiendo con alguien. Se paró en seco, suspiró fuertemente aferrada a la barandilla. Por la escalera subía yo, de vuelta con las bolsas de la compra. Bajaba el hombre grueso y malhumorado, el del perro, el que vive en el otro quinto. Refunfuñó entre dientes “Esos hijos tuyos están sin civilizar… A ver si los metes en vereda”.

Y con mucho esfuerzo la culpa siguió subiendo, incrementando sus pesares, acrecentando angustiosamente sus lamentaciones: “no sabes educar a tus hijos… no sabes hacer nada.”

Cuando llegó arriba solo tenía ganas de morirse, de abrir la ventana y de tirarse abajo, pero tenía que hacer la cena, tener la casa limpia, no pedir explicaciones, estar callada,  tener dinero, evitar discusiones, ahuyentar problemas, no hablar con nadie, no mirar al cartero, no pintarse los labios, tener calladitos a los niños y hasta que seguir teniendo la culpa de todo: de los golpes, de los gritos, de las lamentaciones, de su alcoholismo, de su agresividad, de sus celos, de su trabajo de mierda, de su trastorno, de su violencia, de su falta de responsabilidad, de su carácter, de su inutilidad y de su persona.

Y yo, que solo soy la vecina del cuarto izquierda, tengo ganas de abrir la ventana y gritar,  gritar muy fuerte, decírselo a ella y que me oigan todos : ¡Sea como sea, Lenita! ¡¡¡NO ES CULPA TUYA!!!

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