Suenan insistentemente las campanas de la iglesia… Se escucha el taconeo solitario de Doña María, cruzando la plaza del pueblo, pisando solemnemente cada baldosa.

Apoyada en su férreo bastón pasa delante del ayuntamiento: los bancos están vacíos, el kiosco cerrado… Ya no hay niños jugando a la pelota en la calle, ni pasea de un lado a otro Joaquín Fernández, aquel vendedor de lotería tan gordo y tozudo, que sujetaba su enorme barriga con unos penosos tirantes.

Aborrecía a ese hombre calvo y poco agraciado, que echaba miradas lascivas a todas las que le pasaban por delante.

Cuando ella era joven la calle estaba repleta, las mujeres parloteaban en cualquier esquina. Todo el mundo sabía quién era quién, a qué se dedicaba cada cual… Si eras más listo que el hambre o más tonto que Abundio, aquel que vendió el coche para comprar gasolina.

Cuando ella era joven no tenían televisión. No había “interné”. Los gitanos y algunos mendigos iban pidiendo limosna por los pueblos, siempre eran las mismas caras, rostros conocidos que traían mensajes y habladurías de un lugar a otro.

De vez en cuando saltaba la liebre con algún escándalo: la mujer que arruinaba a toda la familia quedándose embarazada de soltera, algún bravucón que dejaba plantada a la novia en el último momento. Fulanito el de Menganita que le ponía los cuernos con Zutanita. Del menor de la cazurra se decía siempre que era hijo del cura de antes, y de la otra parienta alemana que era tonta perdida por ser los padres primos hermanos…

Así llegó Doña María, ausente y pensante, a la inmensa y fría iglesia vacía. Enfiló tozuda el silencioso camino, con el peso palpable de la resignación y el sacrificio.

Siempre se sentaba en el tercer banco a la izquierda, justo al lado del pasillo, para poder comulgar de las primeras.

Hizo varias veces la señal de la cruz, reverenció, se arrodilló para rezar, dio vuelta a su anillo heredado con mucho sigilo y dejó a un lado sombrío su bastón.

Al momento se levantó para recibir al sacerdote. Era uno diferente, desconocido y extraño. Escuchó atentamente todas sus palabras. Comulgó. Estuvo quieta sin moverse hasta que el hombre soltó “y con su espíritu…”

María volvió a salir a la calle, más oscura, más vacía. Se metió en su casa sin cruzar una palabra con nadie. Sin reconocer al cura. Sin notar la mirada lasciva de Joaquín. Sin regañar a los niños que a punto habían estado de pegarle un golpe con la bendita pelota.

Encendió la televisión para poner la Campos. Se puso las gafas. Ajustó el audífono en el momento exacto en que su móvil pitó. Recibió contenta más fotos de sus bisnietos, los observó en repetidas ocasiones en un cortísimo video, en aquella pequeña pantalla que la iba a dejar ciega.

La llamó su hijo Andrés desde Benidorm, Mamá, tu sobrina Teresa ha dejado plantado al marido y a los hijos y se ha ido a Castropol con un hombre casado… ¡Qué vergüenza! exclamó María ¡Si su madre levantara la cabeza…!

La Tere… pensó, tan mosquita muerta y tan arpía.

Se veía venir… ¡estaba cantando…! Igualita que su padre… dijo María. Su hermano había sido un donjuán, tan guapo y tan galante, un auténtico caballero; de esos que ya no nacen… Estando casado tiraba los trastos a todo quisqui. ¡Los trastos y lo que no eran trastos…! No lo podía evitar. Le gustaban las mujeres más que a un tonto un caramelo.

Se acostó con ganas de estar en la playa con su hijo.

Se acostó con ganas de abrazar a sus bisnietos, de tenerles cerca, notar su calor, absorber su olor y perderse en sus sonrisas.

Se acostó echando de menos el ruido del pueblo, saber el nombre del cura, tomar un café con las amigas, criticar la estampida de la Tere  y refunfuñar ante las miradas furtivas de Joaquín, que encima de feo y gordo, el asqueroso también estaba casado, y la criticaba a ella, por haber dejado en la capital a su marido e irse a vivir al pueblo con otra mujer.

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