Érase una vez un valle muy verde: bello, profundo, pacífico y soleado… Érase una vez un lugar lejano, una aldea perdida, llamada por todos sus habitantes el Nuevo Mundo.

Durante todo el año sus miembros trabajaban y trabajaban sin cesar. Todo, con tal de lograr, el ansiado viaje con que los jefes premiaban su esfuerzo llegada la Navidad.

La mañana del veintidós de diciembre amaneció helada, sorprendentemente fría y soleada… Paseando sin rumbo me encontré a Carolina, una niña morenita y graciosa, que siempre veía feliz, cantarina, rodeada de gente… Me inquietó encontrarla sentada en el suelo. Me acerqué y descubrí que estaba escondida, arrinconada llorando.

-¿Qué te pasa, Carolina? -le pregunté.

La niña, nerviosa, alzó la cabeza y me miró muy seria. Frotaba con ambas manos sus enormes ojos negros.

-Dice Pedro que esta Navidad no podré ver a mis padres… -Y se escondía entre las rodillas para volver a llorar.

-¿Por qué? -pregunté extrañado- Yo te he visto… Has trabajado muchísimo durante todo el año. Además en Navidad los dos mundos se acercan, para fundirse en un abrazo lleno de paz, para olvidar por un mágico minuto todas las penas -dije agachándome a acariciar su negro pelo rizado.

-Dice que este año han cambiado las normas. Solo pueden viajar al Viejo Mundo aquellos cuya familia festeje la Navidad… Dice que la última vez fue demasiado doloroso para muchos de nosotros. Volvimos tristes y abatidos, desconsolados…

-No llores, Carolina. Voy a hablar con Pedro. Algo podremos hacer…

Volví a la media hora y la encontré allí, en el mismo lugar, en la misma esquina. Me miró con piedad y con gesto cansado. Fui incapaz de negarle nada. Le tendí la mano y saltó sobre mí llena de emoción y de esperanza.

Nos fuimos al Viejo Mundo.

Hicimos el largo camino en silencio, nerviosos, dubitativos… Allí, detrás de una enorme cristalera de un salón vacío, vimos a su madre llorando. Era una mujer muy joven, muy guapa, escondida en ropas oscuras, en un rostro anciano, triste y apesadumbrado. Estaba sentada en un confortable sillón, con la mirada perdida en el crepitar del fuego de una dulce chimenea. Abrazaba con fuerza contra su pecho un peluche gris, chiquito, con largos bigotes, que llevaba al cuello una diminuta corbata azul, chaquetilla de lunares…

– ¡Lucas! -exclamó Carolina mirándome- Es… mi ratoncito Lucas…

En ese momento el papá de la pequeña entró en el cuarto. Una gran sonrisa iluminó el rostro de la niña. Su luz se fue apagando poco a poco.

-Papá… -susurró bajito muy emocionada. Acariciaba con sus pequeñas manos el cristal de la helada ventana.

-Carolina, lo siento mucho. Nos tenemos que ir… Le he prometido a Pedro…

No terminé la frase. En ese momento sonó el teléfono. La mamá de Carolina contestó sin gana. Con una mano tapó el auricular y miró a su marido:

-Es de la embajada nigeriana… No me lo puedo creer… -dijo sin pestañear.

-Después de tantos años… -contestó el padre. Y al ver un brillo repentino en los ojos de su esposa y las lágrimas rodar descontroladas esbozó una ligera sonrisa- Después de tantos años…

Miré a Carolina que lloraba aferrada a mi brazo. La emoción, la felicidad y la alegría habían cambiado su cara. Entró un instante en la casa para abrazar fuertemente a su madre, besó con ternura la mejilla mojada de su padre y aspiró profundamente el olor de su peluche favorito.

Volvimos en paz y armonía a la puerta del Nuevo Mundo. Allí nos encontramos a Pedro:

-¿Qué tal, Carolina?

-Muy feliz, Pedro, muy feliz… -Sonrió francamente la niña-. Se ha cumplido el mayor de mis deseos -suspiró-. El año que viene por fin mi hermana Lucía cuidará de mis padres, de mis abuelos, de Lucas… El año que viene por fin celebrarán de nuevo la Navidad -Pedro se lanzó efusivo a abrazarla para celebrarlo.

-¡Esa es la mejor de las noticias! Podrás visitarles, verles, abrazarles… Sin llorar, sin saltarte las normas en el último momento…

-Y lo mejor de todo, Pedro: no estarán tristes, ni llorando, ni ausentes, ni cabizbajos… Mamá volverá a cocinar, a pintarse los labios, a sonreír. Papá volverá a comprar polvorones, turrón… El abuelo se volverá a sentar en el sillón, achispado, dormitando. Juntos volverán a poner el belén, las luces, a discutir cual es el mejor lugar para plantar el árbol… -sonriendo se volvió hacia mí, tiró de mi brazo para acercarse a mi cara y darme un sonoro beso- Gracias, Jesús… Gracias por este regalo.

En Navidad, todos los habitantes del Nuevo Mundo nos ven, nos abrazan, nos huelen, nos protegen, nos cuidan, nos acompañan… Se esfuerzan con tesón durante todo el año para poder ganarse el privilegio de ese largo viaje. Hagamos que se sientan felices, orgullosos, queridos, reconfortados, recordados con amor y con alegría. Sin lagrimas, sin enfados, sin rencor y sin amargura…

Feliz Navidad a todos, en especial a los que creen, como yo, en la existencia de un mágico y cercano Nuevo Mundo…

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