Las escaleras de la vieja estación de tren me parecieron más pequeñas, más cercanas… Las subí una a una con un mantón de lana en la mano izquierda, encima el libro que no podía dejar de leer: estaba enganchada. Iba escondida en un abrigo de pelo, metida en un jersey oscuro de cuello vuelto, absorta en un montón de chorradas…

Al entrar recordé el acogedor lugar que yo tanto frecuenté cuando era joven: una sala cuadrada, diáfana, con bancos a su alrededor y unos altos y negros radiadores de acero en una solemne columna en el centro. Eran elegantes e irradiaban mucho calor, a ellos nos acercábamos al entrar para calentar las manos durante todo el invierno…

Siempre había un rostro amable al otro lado de la ventanilla.

Ahora, todo lo ocupaban unas enormes máquinas. Unos tornos mecánicos, de esos que amenazan con el abrir y cerrar apresurado de sus barreras. La oficina estaba cerrada. Pegado a la máquina expendedora con nostalgia había un hombre muy mayor.

Me hice un hueco por su derecha. Compré un billete: ida y vuelta. Lo metí en la rendija, me percaté de que el señor me miraba de reojo, admirado con la velocidad con la que parecía desenvolverme, recogí de nuevo mi papeleta, tamaño cupón de la once, y salí de la estación. Al cruzar la puerta me encontré con  el reloj, seguía siendo el mismo, negro, alto y esbelto, a juego con los antiguos radiadores que ya no estaban.

Camino del andén pensé por un momento en que quizás debería haberme parado a ayudar a aquel anciano…

Al otro lado de la primera vía me sorprendió el silencio, el tren que no llegaba, la visión de la estación vacía. En la calle un cielo blanquecino, que hacía lucir negras las grandes montañas. En el horizonte la silueta del esqueleto de cientos de árboles, desnudos, desamparados, tiritando de frío.

Me senté en aquel banco a la intemperie, inhalando un aroma de la infancia. Volví al pazo gallego, a buscar el asesino de mi libro.

El chirriar de la puerta me hizo subir la vista y abandonar la lectura. Asomó el anciano, caminaba pensativo, con el peso furtivo de los años, apoyado en un bastón con la tenacidad de perro viejo y la seguridad del que fue un gran guardia civil, hijo del cuerpo. Respiraba con dificultad, con la boca abierta, mirando por encima del grueso cristal de sus gafas viejas. Dudó por un momento si se había equivocado de día, de hora, de lugar. Sintió el aire frígido en la cara, apretó la boina y decidió volver a esconderse dentro.

No era posible.

Era un 4 de enero, estaba seguro. Este año el 2017.

Un día frío, un día corriente, un día intermedio en la Navidad que no importaba a nadie, que no contaba para nada. Sin embargo, para él, era el más importante de todo el año. Ochenta años atrás había recibido el regalo adelantado de los Reyes Magos. Esos que nunca le habían traído nada, por más que él pedía siempre una pelota, y su hermana Remedios una bonita muñeca. Aquel año habían aparecido con la muerte anticipada de su padre. Los rojos se lo habían llevado.

A los dos nos sobresaltó un estruendo en la puerta: una mujer que salía de la estación zarandeando a su hija. La arrastraba tirando de su brazo, gritando: “¡Carbón, escúchame bien lo que te digo! ¡Los Reyes Magos te van a traer carbón…!”

Todos los cuatro de enero cogía el tren y bajaba a Moreda, murmuraba el anciano para sus adentros. No había faltado ninguno. Visitaba la tumba de su padre, en el mismo lugar donde estaba  su madre, muerta a los cuatro días…

Nunca tuvo mujer. Nunca tuvo hijos. Su hermana murió demasiado joven, ¡bendita tuberculosis!

Me quedé pensativa, ausente… Ojalá los Reyes Magos me trajeran carbón… Y pudiera ver a mi abuela Inés, subirlo por las escaleras, con el cubo colorado a rebosar que llenaba con una pala en su negra carbonera; con su bata, con las piernas desnudas en pleno mes de enero.

Ojalá entrara en su casa y me encontrara el olor a castañas tostadas encima de la chapa de la cocina.

Ojalá viera al carbonero por las calles del barrio, surtiendo todas las casas de un pueblo probablemente cubierto de nieve.

Ojalá sorprendiera a mi madre rabilando con aquel gancho de acero que yo siempre quería coger, frotando con la lija aquel ungüento plateado y preguntando si el agua estaría ya caliente para que nosotros pudiéramos bañarnos.

Ojalá no estuviera esperando un tren que me llevara a ver a mi abuelo tan enfermo.

Ojalá fuera otra vez pequeña, tuviera otra vez a todos mis abuelos vivos y un montón de besos y abrazos por delante.

Ojalá mi madre me amenazara con que los Reyes Magos me iban a traer carbón, para encontrarme después con esos revoltijos que llevaban esas blancas rosquillas de anís que tanto le gustaban a mi padre, las boinas, las peladillas, las fabas y los caramelos… Ese revoltijo que no valorábamos demasiado entonces, y que esta Navidad, por sorpresa, me regaló mi amigo Ramón, transportándome mágicamente por un instante impagable a mi querida niñez.

Llegó el tren. Me dispuse a subir y me percaté de que el anciano entraba, apresuradamente, antes que yo. Detrás iba la niña llorando. Me miró, yo le miré. Los dos deseamos carbón.

Él se sentó pensativo, ausente… Yo me dispuse a leer. Seguí esperando a mi voraz asesino.

Quizás fuera aquel viejo guardia civil: el tal Nogueira…

img_20161229_143718

Un comentario sobre “Carbón

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s