– Madre… -le susurró bajito mi hermano- Madre, ¡despierte!

-¿Qué ocurre, Antonio? -le contestó la mujer despegando lentamente sus pestañas- ¿Por qué tanta prisa? ¿Por qué tan temprano?

-¡Es inminente, madre! -le dijo cogiéndole la mano con fuerza- ¡Debemos irnos!

Conseguimos, aquella mañana de enero, en que la brisa mediterránea era más fría que nunca, un café que nos calentara la garganta y nos calmara el estómago. Todavía era noche cerrada y ya estábamos levantados, despiertos, alerta.

Antonio fumaba. Siempre fumaba. Miraba serio y compungido, escondido tras unas blancas cortinas. Veía la vida pasar furtiva, descansar en la noche a través de unas grandes ventanas. Contemplaba el cercano horizonte, oscuro y frío, que fuera nos acechaba.

Mi madre, pobre mi madre, más que caminar arrastraba su cuerpo por aquella habitación.

En el lujoso Majestic todo se desmoronaba. La ciudad caía. Los niños lloraban.

Yo la miraba, ella metía lentamente, una a una, con muchísimo cuidado, sus cuatro cosas en una caja. Sus manos lentas y envejecidas, sus ojos ocultos en un rostro arrugado que no parecía el mismo de aquellos días. Días de la mujer tan bella que siempre fue y que con tanta dulzura nos cantaba.

-¿A qué hora llegaremos a Sevilla? —preguntó mirándonos.

-No vamos a… —comencé a decir cuando Antonio secamente me miró.

-Déjala… —me cogió del brazo en un aparte  y me dijo bajito.

Abandonamos aquel lugar en un silencio absoluto. Un taxi nos llevó a la vieja estación de tren. Lo hacía lento y temeroso, fuera se intuía el frío intenso de una noche oscura y solitaria, que quedó en mi memoria siempre grabada.

Tres días después cayó fulminante Barcelona.

Nunca se me olvidará la estampa dantesca de los miles y miles de hombres, mujeres y niños que intentaban salir como fuera de aquel extraño lugar, aquella ciudad que tampoco parecía la misma. Tampoco lo era.

En la puerta de la estación se cargaban camiones de gente. En el tren viajábamos todos apelotonados. Por la ventanilla veíamos la procesión de españoles, caminando entre la nieve, inmaculada y blanca, que rompía la larga noche que no cesaba.

Al amanecer resaltó de nuevo el blanco frente al verde. Verde de un camino ruin que te sacaba de España.

Se distinguía desde nuestro asiento la negra silueta de una mujer envuelta en mantas, con un niño en brazos y otro de la mano, tirando de sacos y viejas maletas. Tirando de heridas, de dolor y llanto.

Recuerdo un hombre mayor, con una boina, que se paró a nuestro paso y miró fijamente hacia el tren, alzando las manos. Lo hizo con misericordia, reclamando piedad, implorando perdón. Al pasar más cerca atisbé el dolor, el frío y el hambre: la desolación. Llevaba de la mano un niño chico, moreno y guapo, muy bien vestido, que apoyaba su única pierna en una ciega muleta y miraba hacia delante sin pestañear, sin sentir frío ni piedad, sin pedir perdón.

La llegada a Francia fue todavía peor. Un jarro de agua fría en una mañana soleada de aquel crudo invierno.

-¿Ya estamos en Sevilla? -quiso saber nuestra madre al parar el tren.

-Madre, todavía no -suspiré- Todavía no…

-Ya veía yo… todo esto muy nublado… -dijo frunciendo el ceño, apartando a Antonio y mirando por la ventanilla- ¡Pobre gente, ahí tirada, de esa manera, con este frío! ¡Dios nos perdone tantas barbaridades! -y entrelazando los dedos comenzó a rezar.

En el andén de la estación, apilados en el suelo, muertos de frío, había cientos de compatriotas.  Eran acosados cruelmente por la gendarmería, que los alejaba a unos de otros, a empujones, a gritos, a golpes de culata. Separaban a los hombres de las mujeres, a los hijos de los padres, a los hermanos. Les privaban de lo único que les quedaba en el mundo.

Ni dignidad, ni libertad, ni justicia.

Al ver esta imagen nos escondimos durante largo rato en un vagón de tren abandonado en vía muerta.

-¿Qué vamos a hacer? —le pregunté nervioso a mi hermano— ¡No tenemos ni un franco!

-Esperar, José. Solo nos queda esperar.

-¿Este tren nos llevará a Sevilla? —preguntó de nuevo mi madre.

El largo rato se convirtió en casi dos días. Horas silenciosas, de hambre, sed y demasiada miseria.

Obró el milagro en el momento en que apareció ante nuestros ojos mi estimado amigo Luis Valdés. El periodista catalán, hombre vital y oportunista donde los haya, había logrado llegar el día antes a Perpiñán, había conseguido francos y estaba de vuelta en aquella estación, en busca de sus hermanos.

-¿Qué hacéis aquí? -preguntó incrédulo- Antonio, ¡por el amor de Dios!, ¡qué mala cara! ¿Y vuestra madre? -preguntó asustado.

Luis cargó con nuestra madre en brazos, que yacía moribunda. Con la seguridad que te dan los bolsillos llenos de francos, nos sacó de aquella sórdida estación.

Salió y caminó en dirección al mar.

Nos instaló en una humilde pensión: la Pensión Quintana.  Su dueña, desolada por el estado en el que nos encontrábamos, nos ayudó en todo lo que pudo. Antonio, con sus contactos diplomáticos, logró hacer frente a lo más acuciante.

Todo empeoró en aquel pueblo francés, de sereno mar y lánguidas barcas de pescadores.

Nuestra madre empeoró. Antonio empeoró.

-No puedo sobrevivir a la pérdida de España. Ni sobreponerme a la angustia del destierro -me dijo Antonio muy serio una mañana de sol. Miraba al mar de manera profunda- Quiero prevenirte, quizás nuestra madre tampoco lo haga…

Mi hermano comenzó a tener fuertes fiebres, a encontrarse peor, a toser roncamente. Su neumonía volvió con furia, agravada por el frío de los últimos tiempos, por la falta de medicamentos, por la acuciante llegada del abatimiento. Hubo largos días en que mi madre y él agonizaron en dos camas continuas en aquella triste habitación.

Finalmente, cuando Antonio parecía estar viviendo sus últimas horas, la señora Quintana y yo lo pasamos a otro cuarto, intentando evitarle a mi madre tan cruel desenlace.

Merci, madame, le dijo a la señora Quintana, y mirando al lugar donde estaba nuestra madre susurró: gracias, madre.

Antonio murió. Del barracón de un campo de concentración se escaparon los milicianos que lo llevaron a hombros a su tumba.

Mi madre murió (tres días después). Del bolsillo del viejo gabán que Antonio llevaba en sus últimos días saqué un papel, arrugado y manchado, algo que no se había destruido para no ser olvidado.

En el papel, en letras grandes y precisas: “Estos días azules y este sol de la infancia”.  

 

(Que Don Antonio Machado, allá en Colliure, me perdone, en la osadía de evocarle, en la imaginación al pensarle y en la escena inventada.  La cruel  imagen de los refugiados no deja de perseguirme.)

 

 

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