Portazo, lágrimas, la maleta a rastras, el calor sofocante de un agosto en Madrid. Un aire espeso envolviéndolo todo.

Mi vuelo salía dos horas antes que el tuyo, sin embargo, fui yo el que te vio huir de aquel triste hogar. Permanecí plantado en la puerta, observando tu salida cabizbaja y lenta, tu bella espalda, tu melena negra.

Te fuiste y me quedé sin despedida, sin abrazo, sin el brillo insensato de tus ojos y el cálido aroma de tu amor.

El inmenso vacío que dejaste lo llenaba todo.

Dijiste que no te comprendía, que no te quería lo suficiente y que esperabas más de mí.

Tú, que habías renunciado a tu ciudad y a tu gente, a la calidez y al viento que sólo asoma en tu tierra, a la playa en la que nos conocimos: a la isla de tu corazón.

Yo, cargado de egoísmo e insensatez. Cegado por mi absurda vanidad.

Deambulé por el aeropuerto con tiempo suficiente para volver a abrazarte, para invitarte a un café, para intentar dialogar. Miré el móvil muchas veces; pero solo lo miré.

Te imaginé esperando tu vuelo, llorando en algún rincón, escondida y triste, oculta tras esas grandes gafas de sol.

No quería ver el drama, la vuelta a la discusión, la vorágine destructiva de la que no éramos capaces a salir y la pérdida caótica de un gran amor.

Cual autómata consternado me subí al avión.

 En mi escala parisina miré el reloj. Pensé: que estarías a punto de partir, que ya no tenía tiempo para hablar, que una pausa nos devolvería la razón, que el amor lograría destacar y con él volveríamos a empezar.  

Muchas horas después llegué a Brasil. Caminaba taciturno, dubitativo y perdido, en el vacío de sentimientos de los pasillos de una inmensa terminal.

Iba en busca del equipaje y de la tabla de surf.

Encendí el teléfono y en mi mano comenzó a vibrar, intensa y alarmantemente. Miré intrigado la pantalla y entonces lo vi: Ciento cincuenta y cuatro llamadas perdidas.

Me paré en seco, se me heló la sangre, me sentí morir. Me fallaron las piernas y me caí.

“Jorge, tienes que volver”. Era el texto de mi madre, el único que acerté a leer.

Sin hablar, sin pensar, sin asimilar la desgracia probable, sin respirar y sin la maleta a rastras eché a correr, dirección a cualquier ventanilla abierta, a alguien que me devolviera el aliento y me sacara de allí.

Esperaba en una cola eterna, gritaba auxilio con la mirada, agitaba los brazos para hacerme ver, con el nerviosismo tiritando en mis piernas y la desazón clavada en mi ser.

Una imagen lejana en una gran pantalla me eclipsó. Acerté a leer: catástrofe aérea en Madrid.

Me volví a parar en seco, se me heló un poco más la sangre y me sentí morir.

Me acerqué lentamente y me volví a caer: en el brillo de tus ojos, en tu pelo negro, en el aroma intenso de tu hermosa piel; en las lágrimas innecesarias y en las sonrisas perdidas con rabia me sentí morir.

Repentinamente: ennegrecí. Como las raíces de un viejo árbol, carcomidas en segundos por algún pulgón.

La imagen de aquel avión destruyó mi alma. El humo me aniquiló.

La pena, infinita y negra, agua turbia estancada en un túnel sin salida, nos cubrió hasta lograr ahogarnos.

En el regreso me asaltó la culpa: macabra y ronca. En aquellas vacaciones juntos, que te negué. En aquella última llamada, que te negué. En mi amor completo, que también te negué.

Portazo, lágrimas, la maleta a rastras, el calor sofocante de un agosto en Madrid. Un aire espeso envolviéndolo todo.

Un agosto sin ti. Un agosto sin fe.

 

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