Me encantan los aeropuertos. Me fascina todo ese ir y venir de gente, cada uno con su historia. Unos viajan por placer, otros por negocios. Unos abandonan el amor, otros, llevan la pasión en el equipaje. Gente mayor. Gente joven. Gente triste. Gente alegre. Gente pensativa.

A lo largo de estos años he visto musulmanes en peregrinación a La Meca, mujeres con burka, equipos de baloncesto, futbolistas… He visto personas escoltadas por la guardia civil, chicas nerviosas con su vestido de novia en una gran caja, monjes tibetanos, hombres con el casco puesto y debajo del brazo la bicicleta… He visto un montón de músicos, danzando cansados, vestidos de negro, con gafas de sol, pelos alborotados y cargados de instrumentos.

He llorado por las terminales, he paseado mucho, he abrazado, he reído, he besado y me han besado. He leído libros, he dormido en un banco, me han enamorado con una imagen plena, me he emocionado con un reencuentro ajeno y he pasado muchos nervios.

Aquella tarde de verano yo caminaba inquieta de un lado a otro, sin dejar de mirar las benditas pantallas. De tanto clavar en ellas los ojos llegó un momento en que esas letras, cuadriculadas y amarillas, las veía terriblemente borrosas.

Hacía un calor sofocante. Se debía haber estropeado el aire acondicionado y el sudor estaba a punto de echarlo todo a perder.

El avión que no llega. Que ha llegado y no salen los pasajeros. Que salen los pasajeros y no le veo.

Suena el teléfono. No acierto a cogerlo

— ¿Dónde estás? —me preguntó Roberto.

— ¡Aquí! —le contesté nerviosa.

— No te veo…

Y le veía salir, caminar en mi dirección, acercarse sin freno, pero no atinaba a mirarle. Hasta que me encontré por un segundo con sus grandes ojos negros y su franca sonrisa.

Las citas a ciegas funcionan, (en ese momento lo sabes), y lo hacen bastante mejor que los encuentros programados; esos de los que esperas algo más de lo que seguramente puedan ofrecerte.

Sonó un click que me dejó sin aliento.

El amor se nota, se palpa, se ve y sobre todo se mira. Los momentos mágicos casi siempre van acompañados de miradas brillantes, nerviosas. De sonrisas tímidas y grandes abrazos. Ojos que dicen todo y no dicen nada. Te tocan, te acompañan, te transmiten y te llegan al alma.

Encajan mil piezas y se rompe el puzle. Desaparece.

Después de tantas conversaciones y tantas horas de teléfono te encuentras a esa persona cara a cara y no sabes si echar a correr y abrazarle, o invocar a Dios para que fulminantemente te trague la tierra.

Sientes nervios, miedo, una especie de pánico escénico desconocido.

Me acerqué, le tendí la mano, me sonrió y en esa sonrisa se destensó el ambiente. Me tuve que poner de puntillas para darle un beso en la mejilla. El contacto con esa piel, masculina y cálida me hizo notar el calor, el amor, la ternura, y la electricidad de la química.

Después de muchos desengaños, del desencanto que generan los amores falsos y de repudiar la vida en pareja; un buen y esperado día te llega la sorpresa, en una cita a ciegas en el Aeropuerto de Barajas.

En la voz perfecta, el pelo negro y la boca grande. En las manos suaves, la piel morena y la espalda ancha.

Acurrucarte en un hombro fuerte, que te parece de pronto el lugar más seguro y más bello de este mundo.

Tras un beso tímido, el contacto con una boca que llevas años esperando. Cálida, cercana y humilde, calmada, templada y perfecta.

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