Me niego a ser viral, a tener éxito en algo de lo que escribo o a ganar seguidores en Twitter a costa de vapulear, criticar o menospreciar la opinión de alguien, por mucho que se lo merezca.

Muchas veces uno lee frases que considera ofensivas, negligentes o sin sentido.

Acostumbro a no meterme en batallas campales en las redes sociales, que no suelen ser de mi incumbencia, ni de mi agrado, y que en la mayoría de las ocasiones son claramente pretenciosas.   

Las personas se ocultan tras el plasma, grande o pequeño, de una negra pantalla. Se envalentonan fácilmente, insultan o defienden a capa y espada, con mucha bravura, sin pararse a reflexionar un momento sobre lo que están diciendo, sin pensar ni razonar sus argumentaciones y sobre todo, y ahora viene lo más doloroso: sin ningún tipo de respeto.

En este país, de filias y de fobias, de amores y de odios, de ídolos y de villanos, parece que todo nos vale.

Ser un dios de la literatura, un dios de la música, un dios del futbol,  no te da manga ancha para todo, no te hace ser perfecto, no te exime de ser machista, retrogrado o racista. No te exonera de pagar impuestos o te engrandece por ir de putas.

Yo tengo claros mis dioses de las letras. Españoles y vivos tengo dos: Almudena Grandes y Muñoz Molina.  Y mi demonio, ese también lo tengo claro (últimamente cada día más).

Soy fan incondicional de Almudena Grandes. Devoro siempre sus libros. Me parece una mujer enérgica, fuerte, pasional. Una mujer optimista y luchadora. He llorado, me he reído y me he indignado con sus novelas. Hasta me he quedado con ganas de comer las rosquillas de Comprendes en Inés y la Alegría. Me hipnotiza su voz ronca y quebradiza que sigo todos los viernes en la Cadena Ser.

Siento una admiración enorme por El jinete polaco. Ese Antonio Muñoz Molina tan perfecto, tan imprescindible, tan educado y humilde. Le sigo en las redes sociales y siempre me regala relatos hermosos, títulos perfectos, letras armoniosas que se leen como si fueran música solemne. Me he sentido muchas veces contagiada de su pasión por el arte, en una mirada que va más allá de lo que podremos ver nunca los simples mortales.

No me gusta Pérez Reverte, y no creo que sea delito. En mi casa, en una estantería enorme le dedicamos una balda entera, habrá quince libros suyos (propiedad de mi marido). Nunca he sido capaz de leerme uno entero. No me atrapa, no me engancha, no me motiva. He leído muchos artículos firmados por él, y aunque en la mayoría de las ocasiones no le falta razón, el hombre me parece petulante, prepotente y desconsiderado. Se gasta una soberbia altanera y rancia. Insulta, menosprecia y vapulea, desde la comodidad que le da ser un escritor tan admirado como es él y el hecho de tener un número suficiente de lectores, de esos que sacan rápidamente móviles, uñas y dientes. Tenga o no tenga razón. Sea correcto y educado lo que dice, o no lo sea.

En mi humilde opinión, socialmente hablando, se está acercando demasiado al mundo infame que tanto critica.  

En la música solo tengo un Dios. Esto me lleva a Sabina, y a la última polémica de las redes, por la cual Pérez Reverte ha regalado un: “idiota peligrosa o lista sin escrúpulos”, a una mujer que (como muchas) no comparte sus cultas opiniones.  

¡Me encanta Sabina! Lo escucho constantemente. Es pasión, poesía y arte. Es grandeza, sabiduría y calle. Es un Dios de la Música.

Si pretendemos leer alguna de sus canciones de manera crítica, analizar frases de manera aislada, o manifestar cada uno lo que nos transmite “Contigo“, siempre encontraremos tantos puntos de vista como personas escuchen la famosa canción.

Si no nos paramos a pensar que una canción evoca una sociedad, una situación o un momento personal determinado y no hace apología de nada ni intenta educar a nadie, podemos encontrar cierto matiz machista en letras como “y morirme contigo si me matas, y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”.

A mí personalmente, que siempre me ha encantado esa canción, me parece que reivindica un amor absoluto, entregado, fuerte, auténtico e inolvidable.  Una pasión que no es rutina ni obligación, que va más allá, es más profunda, más serena, más poderosa. Es hambre del alma y amor del bueno.

Quizás en la hipersensibilidad que generan las cifras tan macabras de violencia de género, en el intento por mejorar las cosas en la educación de los niños para acabar con esta lacra tan horrible; en el análisis que la musicóloga y paisana asturiana haya hecho del tema yo difiera notablemente en mis argumentaciones. Pero es su opinión y debo respetarla, como espero y deseo que ella respete la mía.

Siendo respetuoso no se gana notoriedad ni se logran adeptos, pero nos coloca siempre en el camino correcto que no “es” en el punto de mira. Nos puede enriquecer una opinión diferente en un debate, o nos puede clarificar algo otra visión, otro punto de vista.

Podemos no estar de acuerdo en todo con alguno de nuestros dioses, y de acuerdo en cosas con alguno de nuestros demonios. Sobre todo porque dioses y demonios se equivocan. Y ambos muchas veces también aciertan.

A las redes les pido lo mismo que a la vida: tolerancia, reflexión y respeto.

 

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