Estaríamos en sexto, ¿o en séptimo?

Estaríamos en mayo, ¿o en junio?

Estaríamos en 1989, ¿o era 1990?

Entrábamos a la escuela, ¡eso seguro!, en aquellas inolvidables y largas filas…

Recuerdo que era una mañana de sol, y que estábamos alborotados. Recorríamos el patio entre cuchicheos, risas y empujones. Para entrar pasabas unas rejas negras, tras ellas una columna central. Era un pilar solemne, parecía el núcleo de  una gran rotonda. Por la primera salida subías unas escaleras, por la segunda ibas al despacho del temido jefe de estudios (que por aquel entonces era Don Pablo, con su negra mirada, su espeso bigote, su paso ligero). Por la tercera salida ibas al gran salón de actos, por la cuarta a las clases de primaria, por la quinta al parvulario.

Recuerdo pararme de golpe por algún atasco y observar un póster que ponía:

“Artículo 14: Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.”

Era una cartulina grande, rectangular, con letras mecanografiadas, fondo blanco y borde rojo. Estuvo puesta mucho tiempo. Yo la leía todos los días, siempre dos veces, las que entraba al edificio.

No sé porque razón al salir no la veía. Salíamos siempre con prisa, con ilusión, con ganas y con hambre. Luchando por no correr, por no caernos, por no hacer ninguna tontería.

Enumeraba siempre raza, sexo, religión y me olvidaba de todo lo demás, como si el resto no fuera importante. Lo murmuraba para mí, día tras día.

Finalmente lo memoricé. La igualdad: entre hombres y mujeres, entre blancos y negros, entre ateos y religiosos.

En mi colegio no había negros, no teníamos problema con la raza. Íbamos casi todos a religión, y es cierto que mirábamos un poco de reojo a los tres que estudiaban otra cosa. En el sexo estaba todo claro, los niños eran igual que las niñas. Ninguno teníamos dudas. Todos hacíamos la fila, entrábamos a empujones, pedíamos permiso para ir al baño y teníamos miedo de Don Pablo.

Nunca entendí el porqué de aquel anuncio. Tan obvio, tan esencial, tan tontería…

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