Comenzaban los golpes en el quinto izquierda.

Tango y yo permanecíamos atentos, asustados  bajo la voz de aquel horrible hombre: “¡Tengo un trabajo de mierda, una casa de mierda, un coche de mierda, una mujer de mierda!”

En realidad solo apreciábamos con nitidez la palabra mierda.

A continuación iban los golpes, las lamentaciones, más golpes y más lamentaciones. Puñetazos secos contra la pared, portazos continuos, el crujir en el suelo de los platos rotos.

Algunas veces se oía a los hijos, que intervenían en auxilio de su madre. Entonces se precipitaban violentamente muchos más gritos, muchos más golpes, muchas más lamentaciones.

Resonaban cercanos insultos mucho más zafios y dolorosos, más hirientes que la palabra mierda.

Después siempre era lo mismo: un profundo silencio, un vacío, una nada infinita.

La última vez llamé a la policía. Me preocupaba que en alguno de esos silencios Lenita yaciera muerta.

Para cuando llegó la patrulla el portal era una balsa de aceite. No se oía ni un suspiro. En el quinto dormían plácidamente y nadie entendía el porqué de la llamada.

El dolor se lo tragaba la tierra. Milagrosamente salía del portal. En aquel viejo edificio con cadenas. Desaparecía veloz, seis pisos sin ascensor, comía las escaleras.

A la mañana siguiente subía la mujer a trompicones, con enorme sufrimiento cada peldaño, con el cuerpo dolorido por los golpes y con el peso furtivos de los años. A cuestas llevaba también el azul oscuro de sus moratones.

En el cuarto, el sonido del triple cerrojo de Matilde hizo ladrar a mi perro, que corrió, pegándose con fuerza contra la puerta.

—¡Lenita! —escuché que llamaba la anciana quejicosa tras la gruesa cadena de una vieja puerta—. Espera un momento…

—¿Qué ocurre Matilde? ¿Le pasa algo? ¿Se encuentra bien?

Lenita se paró a suspirar en el rellano, soltando las bolsas de la compra, deshaciendo la presión que enrojecían sus dedos y no dejaba fluir la sangre por sus manos. Se limpió el sudor de la frente, con el pañuelo que llevaba siempre al cuello, hasta en pleno verano. Se apretó a la nariz sus oscuras gafas. Tras ellas escondía su triste mirada, hasta en pleno diciembre. Esbozó una tenue sonrisa, ¡hasta en plena juventud!, aquella mueca resaltaba por amarga.

—Necesito una mujer de confianza, que me ayude unas horas con la casa. Quizás tú…

—¡Claro, Matilde! Por supuesto.

Y escuché como la señora sacaba el brazo para meterle en el bolsillo de la chaqueta cinco euros.

—¡Hija, no te puedo ayudar más!

—No se preocupe Matilde, ¡bastante hace! —suspiró la mujer agachando la cabeza avergonzada—. Mi marido no creo que consienta…

Lenita retomó las escaleras cargando de nuevo con las bolsas. Matilde se quedó en la puerta mirándola con pena.

—Estar tan vieja y no poder ayudarte…

En estas apareció el joven desgarbado que vivía al lado de Lenita.

Matilde gritó:

—¡Tomás! ¿No te da vergüenza? ¿No puedes ayudar a Lenita con las bolsas?

El chaval miró a la anciana con desprecio y le dijo a la joven muy solemne:

—¿No queríais igualdad? —espetó jocoso— ¡Pues venga igualdad! ¡A subir las bolsas!

Entonces abrí furiosa la puerta, ¡no aguantaba más! Dejé salir a Tango, de dos ladridos hizo salir disparado al imbécil del vecino.

Tan bravucón y tan listillo, tan maleducado y tan miedoso, tan ruin y tan cobarde. ¡Tenía miedo del perro! El pobre Tango, que era más bueno que el pan, no mataba ni a una mosca, no soltaba ni un ladrido.

Salí al rellano y suspirando le dije a Matilde:

—¡Estar tan ciega y no poder ayudarla!

—¡Mi madre, que en paz esté! —se santiguó Matilde—. Siempre me decía: “estar tan lejos y no poder ayudarte…” Y era ella, la pobre… —mirándome muy seria bajó gravemente la voz para susurrarme—: la que llevaba los palos de mi padre.

» Así que ya lo ves Aurora, ¡ayudan los viejos, los ciegos y hasta los muertos! !Ayuda el que quiere, y no el qué puede! —se lamentó la mujer—. ¡Dios da ojos a quien no quiere ver!

—¡Y orejas a quien no quiere enterarse!

 

 

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