Esta semana, para mi curso intensivo, estoy investigando a Coco Chanel.

La francesa, una de las mujeres más importantes del siglo XX, era para mí una gran desconocida.

Días de documentación, de leer su biografía, de ver la película sobre su vida, de intentar imaginarla. Se dibujó en mi cerebro una mujer observadora, cuasi perfecta, una cabeza inquieta, un cuerpo ligero y un auténtico genio de la sencillez.

Dicen que el feminismo se está poniendo de moda. ¿Qué opinaría Coco?

Quizás pensara que siempre se pone de moda lo natural, lo emocional y lo sencillo.

Puede que con las cifras de asesinatos que manejamos, con el estancamiento de las políticas de igualdad y con la crisis económica e institucional, lo natural sea que el feminismo esté de moda. ¡No podría ser de otra manera!

Estoy plenamente convencida de que los movimientos sociales surgen en la medida en que la sociedad los va demandando. Son ese grito, ese clamor de la gente, esa llamada de auxilio, esa luz de alerta que se enciende.

El feminismo no solo está de moda, es una tendencia plenamente necesaria. Es un movimiento antiguo, una pelea denostada, una batalla perdida. Es una deuda que la sociedad tiene pendiente.

En mis últimas lecturas (Simone de Beauvoir, Grace Paley, Virginia Woolf), me he visto sumergida en los mismos problemas, en la misma lucha, en la misma incomprensión.

Siglo tras siglo, año tras año, día tras día…

Mujeres que sentían antaño la misma frustración, el mismo dolor, la misma esclavitud que sentirían hoy.

Mujeres feministas.

Mujeres que trataron de explicar hasta el cansancio la realidad del verdadero problema. La mayoría fueron repudiadas, maltratadas, encarceladas; incluso asesinadas.

Dicho esto, me cuesta trabajo comprender el porqué de este problema, el porqué de tantos años, el porqué de las barreras.

En pleno siglo XXI nos parece ilógico y anormal estar defendiendo estas ideas, pelear por algo que la mayoría entendemos como natural y sensato, cuasi sencillo. La realidad te aplaude en la cara como un tortazo.

La igualdad no está instaurada. Ni es real, ni es natural, ni a muchos les parece opción sencilla.

Para algunos, el movimiento feminista cada día es algo más extremo. Sus ideas abrazan lo radical y sus líderes se acercan demasiado a lo injustificado.

La lucha, la pelea, la verdadera batalla campal, parece haber quedado instalada en defender el uso adecuado del lenguaje, en los discursos, en los textos, en las redes sociales, en las canciones… Como si no hubiera en este tema más  problemas. Como si las leyes ya estuvieran adaptadas. Como si la sociedad solo hiciera daño cuando habla. Como si solo nos mataran las palabras.

Insisto en resaltar la gran idea, esa que ya deberíamos todos tener bien clara: el feminismo defiende la igualdad de derechos de las mujeres. Ni más, ni menos.

El feminismo no odia a los hombres. No es clasista. No es racista. No es supremo.

El feminismo no debería ser siempre femenino, ni asociarlo en la mujer a lucir aspecto masculino.

El feminismo debería ser universal, humano, sencillo.

Me gustaría recalcar un concepto al que últimamente doy mil vueltas: ¡Desterrar lo femenino no te hace feminista!

¡Subirte a unos tacones no te hace ser sexista! Eso, lamentablemente, también lo están poniendo muy de moda: lo zafio, lo chabacano, lo rastrero. Lo peor de lo masculino se está poniendo muy de moda.

Soy mujer, me subo a unos tacones, me pongo una falda, me tiño el pelo, me gusta la ropa.  Admiro a Chanel. Leo a Simone de Beauvoir.

Me gustaría que se defendiera la igualdad para mujeres que trabajan fuera de su casa y para las que no, para mujeres heterosexuales y para las que no, para mujeres conservadoras y para las que no, para mujeres florero y para las que no, para mujeres que se maquillan y para las que no, para las que hacen deporte y les gusta cuidarse y para las que no; para las que tienen hijos y para las que no, para las que tienen pareja y para las que no, para mujeres intelectuales y para las que no.

Quizás sí, quizás otra visión de la mujer sea posible, quizás sea la asignatura pendiente, quizás no lo sea y yo lo vea de manera errónea muy sangrante.

Quizás sea una cuestión de conceptos.

Quizás debiéramos marcar prioridades, organizar mensajes, aclara ideas.

Tendemos a confundir lo sencillo con lo simple. Ser simple resulta fácil, ser sencillo tan solo lo parece.

Voy a seguir con Coco Chanel, con su estilo de vida, con sus amores, con sus negocios…  Con su elegante sencillez: su mayor valor, su mejor virtud, su eterna cualidad.

Esa mujer tan odiada, tan amada, tan envidiada… Esa mujer tan misteriosa, tan ingenua, tan desconocida…

El feminismo viene a liberar a la mujer, de la misma manera que en la Moda lo hizo Coco Chanel,  liberándola para siempre de aquel rígido corsé.

coco chanel

 

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