Decía Lorca que él para trabajar necesitaba tres cosas: la musa, el ángel y el duende.

La musa era la inteligencia, cabal, cerebral, perfecta. El ángel era la gracia, la inspiración, la belleza.

El ángel le daba luz. La musa le daba forma.

Después pendía de un duende. Un duende muy especial. Un duende lleno de gloría. ¿Dónde estará la verdad? ¿Dónde el secreto? ¿Dónde la magia real, la del talento?

El duende era realidad, magia, tormento. El duende era soledad, tragedia y viento. El duende era palpitar, sufrir sin necesidad, sentir sin freno. El duende era ese dolor, dolor en el corazón, dolor del bueno.


La poesía es sueño, es magia, es duende.

La poesía es irreal, irracional. No vende.

La poesía es musa, creación, talento.

La poesía es símbolo, tradición; tormento.

La poesía es ángel, amor, sentimiento.

La poesía es vibrar, palpitar… silencio.


La poesía es Lorca: su frustración, su musa, su inspiración, su ángel, su soledad, su duende.

Su alma y su pena.

Su triste condena.

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