El agua de la fuente cae con gracia. Aprieta sin pudor un sol amargo. Y aquí me siento yo, sin más pensarlo. Conmigo muchas penas, muchos marzos.

Huyo de un calor que me consume, del odio y del amor; del desencanto.

La plaza late fiel, envejecida.

De pronto veo el ruido de los coches, parando en doble fila los camiones, crujiendo sin parar corren las motos, haciendo tropelías, pelotones.

En mi mesa los nervios del que espera. Observo mi lugar. Noto el momento. Anticipo la emoción de un nuevo encuentro.

Me hundo en la pasión de sus palabras. Destierro con fuerza las mentiras. Me agarro al ardor de sus misterios. Me olvido por completo de tu nombre, de los días de verdad, de lo que escondes.

Su mundo ríe, llora; te emociona. Te envuelve con su olor y con sus versos, te llena, te rebela, hasta te absorbe.

Resuenan con fuerza las campanas. Abrazo con urgencia nuestro libro:

«Los pecados del tiempo son pecados mortales».

A ti esta soledad que te fascina. A mí esta multitud que me enamora. De noche serán otras emociones. Pasamos del silencio a la locura. Gentío, capuchones, campanillas. Incienso, pasos lentos y ovaciones.

En la fuente inalterable sigue el agua. La luz de mi lectura se hace roja. Avisa sin temor a terminarse.

Me espera. Me ayuda. Me da el instante. Resurgen el calor inolvidable, la tregua ausente y el valor indispensable. Abrazo la pasión, vivo el momento: un tiempo de volver, de acariciarte; un tiempo de intentar enamorarse.

Cantan los pájaros. Lejanos palpitan los tambores. Disfruto del olor y de las flores. Logro olvidarte.

¡Qué difícil de hacer: de decidirse! Declarar un amor que apenas nace.

¡Qué difícil de hacer: de rebelarse! Declarar el fracaso. Congelarse.

¡Qué difícil de hacer: de resignarse! Declarar el error. Asumir la derrota. Darse, inútilmente, por vencido.

Triste tiempo: aquel de habitaciones separadas. Frío. Ansiedad. Indiferencia.

Sus líneas son mi pasión y mi refugio. Lo leo sin parar y no me canso.

«El sol, que lo ve todo, me comprende».

Habitaciones separadas, de Luis García Montero.

 

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