Mi bisabuela era socialista. Odiaba a Franco, creía en Dios y en el Santiago Bernabéu.

Era socialista de verdad, creyente y forofa de los blancos. Fue una mujer con una conciencia política notable. Lo demostró en febrero de 1936 cuando dio la cara por muchos hombres y se plantó en una mesa electoral como interventora. Antepuso sus ideas a su seguridad y a sus intereses personales. Aquello le costó después: sangre, sudor y demasiadas lágrimas.

Mi abuela heredó, sin embargo, aquel oscuro silencio de una generación que casi nunca opinó de política. Los pobres no opinaban de nada.

Mi madre ha sido siempre socialista, menos católica que la abuela Ramona pero igual de fanática del Real Madrid.

Yo he salido un tanto rara.  No me gusta el fútbol. No creo en Dios y me simpatizan cada día menos los socialistas. He de decir que guardo cierto respeto por los de antes, como no podía ser de otra manera, aunque solo sea por historia familiar…

Imagino que hasta ahí lo normal, heredando cosas, como todo el mundo…

Si algo me han dejado claro los socialistas que me rodean es que nunca tolerarán a los golpistas, ni a los caciques, ni a los mandamases que se creen todopoderosos. Pueden pecar de dejadez, tolerar el pasotismo e incluso aguantar carros y carretas a alguno de sus infames. Incluso discuten embravecidos por cualquier tontería, para bochorno y vergüenza de muchos de los que les rodean;  pero lo que nunca aceptarán sus militantes ni sus votantes es el ninguneo, nunca acatarán la falta de democracia o justificarán las elecciones a dedo. Jamás aceptarán todo eso que ha sido su germen, los ha denostado, ninguneado y repudiado. En los libros, en la vida y en la historia de España.

El partido lleva más de cien años encima. Años de peleas encarnizadas y fratricidas por mantenerse fiel a sus ideas. Años, como ya dije antes, de sangre, sudor y demasiadas lágrimas. Años de intentar arrancar el poder de las manos de los que cavaron las fosas de sus desaparecidos.

Los militantes tienen más peso que sus dirigentes, más coherencia, más consciencia de lo que ocurre en la calle. Los militantes tienen más corazón, más ideales, más ganas. Los militantes tienen más memoria, más entrega, más condiciones.

Los militantes pagan; no cobran. Perdonan, pero no olvidan.

Lo extraordinario que nos deja el culebrón socialista es que existen momentos determinados de magia y de poder democrático en los que el voto de Felipe González vale lo mismo que el nuestro. Nos deja repasada la lección de que gobierna quién nosotros elegimos y no quién nos impone nadie. Nos deja un apunte en la cabeza, a tener en cuenta en las próximas generales.

La militancia del Partido Socialista ha dado un bofetón de humildad a todos sus dirigentes. Ha puesto a cada uno en su lugar y ha recordado a muchos el porqué de las cosas: porque no somos iguales y no queremos las mismas cosas, porque no somos iguales y no toleramos ciertos actos, porque no somos iguales y no estamos perennes ante vuestras injusticias, ni os dejaremos nunca sin pelear el camino libre. Por no repetir unas elecciones no daremos nunca el gobierno al partido político más corrupto de Europa. Por no repetir unas elecciones no perderemos nunca nuestras señas de identidad. No daremos la razón a aquellos que ni siquiera han condenado el asesinato de nuestros familiares. Por no repetir unas elecciones no cuestionaremos nunca la posición de un siglo de partido, con toda la fatalidad del siglo XX en sus entrañas.

Sentí vergüenza ajena con la intervención de una Susana Díaz, furiosa, vengativa, rencorosa… Enconada y encabezonada, aferrada a sus votantes andaluces. Hablaba como si la tasa de paro de Andalucía le permitiera echarse flores, como si gobernara en una comunidad autónoma fructífera y no le hubiera salpicado nunca la mierda entre la que anda. Sentí vergüenza ajena con cierto sector de un partido político, al que a dios gracias le han pegado un toque sus votantes. Sentí vergüenza ajena pensando en que esto es todo lo mejor que ha sabido hacer uno de Mieres… Un Javier Fernández igual de enconado, de rencoroso y de envidioso con Pablo Iglesias. Un Javier Fernández que parece haber olvidado sus orígenes y lo que es peor aún, un Javier Fernández que parece no darse cuenta de que la generación de sus hijos milita en ese partido demoniaco que él tanto aborrece.

Ahora bien, llegados a este punto la inteligencia política debe llevar a la generosidad en la victoria, por el bien de este país y de todos nosotros esperemos que Pedro Sánchez NO defraude de nuevo. Esperemos que el Partido Socialista haga examen de conciencia y resurja con fuerza. Esperemos diga adiós a la vieja guardia y deje atrás, poco a poco, a ese gran número de zascandiles, que lo más honrado que podrían hacer es alejarse.

Hoy me tocaría felicitar a mi bisabuela Ramona, por el triunfo de los militantes de base del PSOE y por la liga ganada del Real Madrid. Como ella no está felicito a mi madre, que seguro que está esperando mis palabras…

Otros no estaremos contentos ni tendremos nada que celebrar hasta que no veamos al PP fuera del mapa, y se lleve con ellos, de una vez por todas, toda su basura, tanta mafia, tanta corrupción, tanta injusticia…  Tanto cliché español: Tanto ¡Dios, Franco y Don Santiago Bernabéu!

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