«Cuando un tema se presta mucho a controversia, uno no puede esperar decir la verdad. Solo puede explicar cómo llegó a profesar tal o cual opinión… Cuanto puede hacer es dar a su auditorio la oportunidad de sacar sus propias conclusiones observando las limitaciones, los prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante»

 

Virginia Woolf, «Una habitación propia» (1929)

 

Todas las semanas al salir del Día le doy un euro al subsahariano de la puerta. Alguna vez, cuando no tengo monedas de uno, le doy una moneda de dos. También, en ocasiones especiales, como puede ser Navidad o el cumpleaños de mis hijos me acerco a él muy solemne y le doy un billete, de cinco o incluso de diez euros.

Me gusta hacerlo. No espero que nadie me lo agradezca, ni siquiera el chaval que lo recibe, que ya  tiene bastante con su vida… No espero que nadie cruce la acera para darme un abrazo, me felicite por ser tan buena persona ni me den desde el Ayuntamiento una medalla al mérito civil. Tampoco espero que me critiquen ni me vapuleen mis vecinos, que me cuestionen por haberle dado unas escasas monedas a un hombre que no tiene nada.

Podría ayudarle más. Podría darle más dinero. Quizás algo de comida de mi bolsa, algo de ropa seminueva, que está muerta de risa en el armario de mi marido porque nunca se la pone. Quizás debería acudir a una ONG y colaborar con ella, domiciliar en mi cuenta un cargo mensual que me pueda permitir, gestionar de otro modo mis aportaciones. Quizás ese dinero podría usarlo mejor, de un modo más eficaz, darlo de otra manera.

Yo lo hago así, me resulta cómodo, alivio mi conciencia, pienso que mejor se lo doy a ese hombre a no hacer nada, que mejor eso a gastarlo en cualquier tontería que no necesito.

Él, con un poco de suerte, logra cenar, logra pagar un billete de autobús o logra hablar con su familia.

 

¿Podría hacer más? SIEMPRE.

¿Podría hacerlo mejor? SEGURO.

¿Vale la pena hacer lo poco que hago? YO CREO QUE SÍ.

 

Tengo el armario lleno de ropa de Zara, de H&M, de Stradivarius, ropa fabricada en Bangladesh, Pakistán, Turquía o Marruecos. Tengo la casa llena de productos fabricados en China. Tengo la nevera llena de alimentos envasados fuera de España, probablemente fabricados en condiciones humanas que no me interesa conocer. Salgo a correr con unas zapatillas fabricadas en Vietnam por euro y medio, que después se venden en Madrid con precios de más de dos cifras. ¿¿¿Y después pretendo rechazar una donación de Amancio Ortega??? ¿¿¿Estamos locos???

Estoy bastante cansada de que todo lo malo que pasa en este mundo sea culpa de los demás y nada culpa nuestra. Estoy bastante cansada de lo poco bueno que sucede a nuestro alrededor, para que ahora, sea esto también motivo de discordia. Estoy bastante cansada de utopías.

¿Me creo yo con la moral suficiente para valorar o cuestionar las donaciones que hacen los demás? ¿He valorado las mías? ¿Hago yo lo suficiente?

A veces tenemos que estar en el mundo en que vivimos y no en el que nos gustaría vivir. Vivir siendo realistas.

En este país asola el cáncer.

A todos los españoles nos gustaría que Amancio Ortega generara en España más puestos de trabajo, pagara en su país más impuestos, que irían directamente a sustentar muchos gastos. A todos nos gustaría que la sanidad pública no dependiera para mejorar de donaciones privadas. A todos nos gustaría que las máquinas no hicieran falta, que se invirtiera mucho más dinero en investigación y desarrollo, que se acabara el cáncer. Nos gustaría también que cerraran las fábricas clandestinas que mueve el comercio textil en los países del Tercer Mundo y que tiene trabajando doce horas al día a niños de apenas diez años…

¡¡¡Nos gustarían tantas cosas!!!

Pero el cáncer no entiende de gustarías, no maneja el tiempo, no sabe de evasión de impuestos, no ve las condiciones laborales de los trabajadores, no escucha ninguna conciencia ni habla a nadie de moral… El cáncer entiende de listas de espera, de máquinas averiadas, de tratamientos pospuestos…

El cáncer, por desgracia, no espera. Y se lleva gente cada día.

 

Todo lo que se haga por ayudar bienvenido sea.

 

Y sí, es un verso magistral de Luis García Montero, y todos lo hacemos: JUNTO a la ropa sucia el papel de regalo.

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