A veces cierro los ojos y la veo. Me llega el olor a sopas de ajo en una cocina de carbón. Me llega el contacto con una piel de seda en una cara llena de arrugas y veo el infinito en aquellos ojos grises.

Siempre tuve la sensación de que veía más allá de lo que el resto lográbamos alcanzar, de que miraba con cierta quietud aquello que los demás nunca conseguiríamos ni atisbar, de que entendía la vida con sabiduría y con plena libertad.

La recuerdo serena, inteligente y ausente. La recuerdo con el pelo blanco perfectamente peinada, con el frío en sus dedos y con la voz tomada. La recuerdo vestida de negro, limpiando constantemente las manos en el mandil.

La recuerdo tocando mi cabeza.

Recuerdo caminar por su casa, y oigo, bajo mis pies, como si fuera ahora, el crujir de aquella madera.

Bajo mis pies había una vida llena de ausencia, bajo mis pies había una pena que conmovía, bajo mis pies conservo inmaculada su presencia.

Recuerdo fotos de dos monjas y de un cura. Recuerdo ocho jarritas de cerámica diminutas alrededor de una grande, en la cual se leía Andalucía. En todas y cada una de las chiquitas aparecía el nombre de una provincia: Almería, y me viene a la cabeza mi pobre abuela, siempre tan enferma. Cádiz, y recuerdo cuando una noche me acosté en Pelúgano, en su casa, con el chicle en la boca, y a la mañana siguiente me tuvieron que cortar el pelo. Córdoba, y mi madre contando la historia de su abuelo con aquella manzana. Granada, y la última manzana que se comió mi bisabuelo. Huelva, el hombre que lo único que tenía era filiación a la UGT del Campo. Jaén, y que tenía solo 30 años. Málaga, y los latigazos en la espalda que marcaron para siempre la vida de la abuela.  Sevilla, y el abuelo que nunca jamás apareció.

Ascensión Mendieta ha logrado pasar de Sevilla, enterrar al ausente bajo sus pies, conmovernos a todos. Reavivar mis recuerdos de la infancia. Devolverme la imagen de mi bisabuela. En las arrugas de esta mujer he visto las arrugas de mi familia, los surcos de las tres mujeres que se quedaron solas. Desamparadas. Maltratadas. Repudiadas. En sus ojos he visto lo mismo que en los ojos grises de mi bisabuela: razón, lealtad y sabiduria. Y también he visto con claridad las ocho jarritas, bajo aquel tapete triste, en aquella solitaria mesita, rodeada de invisible caridad.

Y desde aquí, desde el 2017, desde el siglo XXI, me gustaría decirles, a todos aquellos que le niegan la dignidad de un final a los enterrados en las cunetas, que son una panda de miserables, de seres despreciables, de asesinos y de colaboradores con asesinos. Que ojalá nunca tengan que vivir con esa pena bajo sus pies, con esa ausencia, con ese dolor. Que ojalá nunca tengan que suplicar para cerrar una herida. Que ojalá nadie olvide nunca a sus desparecidos, hasta que puedan descansar en paz todas la familias, la Medienta, la Pérez, la Díaz y la González.

¡Gracias, Ascensión, por tu lucha, por tu sabiduria y por tu tesón! Descanse en paz, Timoteo Mendieta.

 

 

 

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