Bajo: como todas las noches, la cuesta que me lleva al trabajo.

Veo: al final de la calle la silueta rancia de una mujer altiva, el cartel de la Pensión Mediodía y el cuerpo tendido de un niño.

Tiemblo. Taconeo cercando un rostro sucio, una luz perdida.

Me asusto. Recibo en el culo un palmetazo.

Grito: con rencor a un viejo verde: «¿No ve esta criatura? ¡Está delirando!»

Observo: el desprecio que se aleja y gira para decirme: «¡Puta! ¡En Madrid te mueras!»

Callo. «Ganarás la luz…»­­­­ delira el chiquillo entre mis brazos.

Lo abrazo. Miedo. Dolor. Estertor y llanto.

 

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