Aterricé en el aeropuerto de Asturias en una mañana puntual. Después, cogí un autobús que me llevó hasta Oviedo. Paseé por una ciudad monumental: impoluta, elegante y altiva. Intuí sus brillantes tejados y me dio apuro pisar sus bonitas baldosas. Me escapé del camino que me llevaba a continuar aquel viaje en la estación de tren de la capital, para fisgonear una calle Uría comercial, ancha y abarrotada de gente. El sol calentaba con tibieza sus cabezas y todos parecían pasear sin rumbo y sin sentido.

Me detuve y miré de reojo en dirección a otro lugar, la calle que me llevaría sin dudar a Independencia 19, a aquella casa de huéspedes que me salvó la vida. Ni siquiera me atreví a acercarme a su portal. Me daba miedo que aquel rincón de mi infancia ya no estuviera como yo lo recordaba. De ser así, ya no podría refugiarme en él siempre que lo necesitara.

Pasé por delante de la vieja puerta de las Siervas de Jesús y mis ojos se quedaron clavados en la fachada, había cambiado de color. Sus escalones de mármol gris permanecían intactos. No había ni rastro de las monjas.

Sin atreverme a llegar hasta la Catedral me paré ante la verde imagen del Campo San Francisco. Giré la cabeza a mi izquierda para intuir la Iglesia de San Juan el Real, siempre tan perfecta, gélida e inalcanzable. Busqué, con total ingenuidad, al hombre que vendía castañas en la esquina.

Oviedo me traía demasiados recuerdos. Demasiadas imágenes se habían agolpado de pronto en mi cabeza. No me atreví a continuar. Retrocedí hasta la estación del norte para coger un tren y salir corriendo de aquel lugar, escapar del cruel bofetón que me había solmenado la memoria.

A medida que aquella locomotora avanzaba, el paisaje se iba haciendo cada vez más verde, cada vez más frondoso, cada vez más real. Los castilletes de los pozos iban dejando escombreras negras a ambos lados de la vía. Los vagones, donde antes se cargaba el carbón de las minas, estaban parados, vacios, abandonados…  El traqueteo se interrumpió bruscamente para detener el tren en la ciudad de Mieres. Allí me bajé para cruzar el puente que me haría cambiar de tren, a vía estrecha.

Las montañas comenzaron a envolverme en el segundo trayecto y mi estado de ánimo cambió por completo. De la tristeza y la nostalgia, casi de la ansiedad que me habían producido los recuerdos de la ciudad de Oviedo, pasé a la ilusión y a la inocencia de mi infancia. Me asaltaron las ganas de echar a correr, de subirme a un árbol, de beber agua del río. De ir a la Fuente. En el horizonte apareció alguna oveja, alguna vaca y algún burro solitario, yo los miraba feliz por aquella ventana.

Iba tan ensimismada en mi vida que me llamó la atención el revisor. Un hombre joven, sonriente y amable que tocó mi hombro, con cierto pudor, pidiendo el billete.

En la estación de Cabañaquinta me bajé, un rato después, conmocionada. Comencé a caminar de manera inmediata, segura y firme, como los paseantes de Oviedo, sin pensamiento, pero yo sí que llevaba un rumbo fijo.

Enfilé, sin pestañear, la carretera general hacía arriba, hasta que fui dejando el pueblo a mis espaldas. Lo atravesé sin mirar. No saludé a ninguna de las personas con las que me encontré en el camino. No sé si eran jóvenes o viejos. No comprobé el estado de los comercios. Ni tan siquiera me fijé si alguno permanecía abierto o con los años ya lo habían cerrado.

Me sorprendió la ausencia de coches. Si bien es cierto que aquella no era hora normal de atravesar el pueblo. Era más bien la hora de comer.

Cuando me había alejado ya lo suficiente, interrumpí el paso para mirar atrás. Aquel pueblo, capital del valle de Aller, había sido testigo de muchas cosas. Sin embargo, ahora era yo la que me sentía testigo de sus historias. En mi cabeza estaba toda su memoria: la plaza del ayuntamiento, el hospital, el Banco Español de Crédito, el economato, la cárcel, los juzgados, el barbero, la casa del pueblo, el sastre, el almacén, la farmacia, la carnicería… Todo lo teníamos en Cabañaquinta. La salida y la llegada, lo bueno y lo malo, lo alcanzable y lo inalcanzable.

Recorrí aquel camino que tantas veces había recorrido de la mano de mi madre y me sentí la misma niña traumatizada de nueve años. Mis ojos eran los mismos, pequeñitos y del mismo color miel, con las mismas manchas marrones que tenían entonces. Los mismos pies eran los que me llevaban, dirigían aquel cuerpo que siempre fue flaco y que se quedó a medio hacer debido a la guerra.

Idéntico era aquel camino, parecían hasta las mismas piedras y los mismos matorrales con las mismas moras las que lo cercaban.

Solo mi madre faltaba.

Recordé aquella mujer hermosa, temperamental. Joven que se hizo vieja en dos años, de ojos grises, manos firmes y sonrisa franca. Inteligente y respetuosa con todo el mundo. Fría y sentimental al mismo tiempo. Maltratada y marcada por la época que le tocó vivir.

Era imposible olvidarla.

Cada día que pasa, en lugar de notar menos las ausencias, se van notando más los abandonos. Va pesando un poco más la vida y necesitas de los tuyos para agarrarte.  Cada día me hacen más falta mis padres y cada día, me cuesta más trabajo recordarlos: sus abrazos, su calor, su olor y su compañía.

Con el recuerdo de mi madre llegué al desvío de la carretera general.

Cabañaquinta ya estaba lejos, ya no se veía el pueblo por ninguna parte. Giré a la izquierda y tomé aquella carretera secundaria llena de baches y socavones. Cuesta arriba. No recordaba aquel camino ni tan largo, ni tan empinado. Recordaba perfectamente el valle, lleno de castaños, el verde oscuro en que se envolvía todo los días de sol como aquel, la brisa primaveral que te entra sin querer por las fosas nasales convertida en aire puro, y el sol, ese sol que calienta poco, pero cuando lo hace, lo hace con ganas.

Al llegar, el mismo recibimiento de siempre. Aquel árbol solemne de la entrada del pueblo, aquella fuente y aquella capilla. A la derecha el comercio y a la izquierda el bar.

De pronto la imagen de una niña pequeña, con el pelo corto, rizado, muy despeinado, con un vestido sucio y unos zapatos rotos, con una chaqueta de punto que le quedaba pequeña. Negociaba con otro niño de su misma estatura y doble de peso. La niña le había quitado algo de las manos, el niño quería que se lo devolviera. La niña lloriqueaba, el niño se mofaba. En aquel tira y afloja escuché al niño decir:

—Valentina, no puede ser de tu padre. Tu padre está muerto —e inquieto, el niño intentaba arrebatarle a la niña lo que ella intentaba por todos los medios esconderle, poniendo las manos detrás de su espalda.

—¿Y tú qué sabes dónde está mi padre, tontaina? —le gritó la niña muy enfadada. Se dio la vuelta, cobijándose junto al tronco del árbol, y abrió las manos para quedarse embobada mirando un reloj.

—Tanto como tú, que no sabes nada.

En ese momento la niña se lanzó a morderle un brazo, rodaron por el suelo y rompieron el reloj. El tiempo se detuvo en aquella esfera de cristal resquebrajada.

Miré a mi derecha. Todo lo veía borroso por las lágrimas. La tienda de Eloy estaba cerraba. El escaparate sucio, las letras gastadas. Miré a mi izquierda, en el lugar donde antes había un bar, ahora había una casa. Debajo del árbol solo había un banco de madera solitario y triste, y una vara de avellano abandonada. Al volver la cabeza al frente me di cuenta de que los niños no estaban.

Estuvieron. Algún día estuvieron; pero ya no estaban.

Todo lo demás me lo encontré igual. La bienvenida al pueblo te la daba el viejo árbol. Me senté bajo su dulce sombra, bajo su atenta mirada. Apoyé mi bastón bajo aquella soledad hospitalaria. Fue en el único lugar de este mundo, en el que, a pesar de lo mucho que odiaba aquel pueblo, me sentí de nuevo acompañada.

Aquel tejo era, sin duda, lo que más me alegraba de ver al llegar a Penón. Había albergado nuestras vidas, nuestras idas y nuestras vueltas.

Mi nombre es Valentina Pérez Suárez. Nací en Penón, en el valle de Aller, el 7 de octubre de 1926.

Este otoño cumpliré 90 años y esta (la que continuará…) es mi dulce historia.


 

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