Hace más de un mes que terminé de leer la última novela de Almudena Grandes: «Los pacientes del doctor García». La esperaba y la esperaba mucho… Es la cuarta entrega de una serie de libros excepcional: «Episodios de una guerra interminable».

Todos son imprescindibles; todos son distintos.

He de reconocer, que a pesar de la gran admiración que siento por la escritora madrileña, una de mis favoritas, sentía también cierto escepticismo. Creía, y no podía estar más equivocada, que esta novela sería muy similar a las anteriores, que tendría poco dato nuevo que aportar.

No podía imaginar la magistral clase de historia y de literatura que se me venía encima.

Me ha parecido una novela precisamente así, con las nueve letras: MAGISTRAL.

Imponente, impactante y trepidante. Te subes en una moto y en muchas ocasiones pasas la página como si derraparas en alguna curva remota. En algún lugar perdido donde la razón y el sentido común no habitan, los descubrimientos científicos pasan desapercibidos, los organismos internacionales no funcionan ni con justicia ni con  asertividad y las personas corrientes son, sin ninguna fisura, el mayor valor que posee un pueblo.

Almudena no baja el ritmo, no reduce la velocidad y no afloja en toda la novela…

Ahora bien, llegados a este punto no sé si podré perdonarle el mal cuerpo con el que terminé de leerla. La sucia sensación que me acompañó durante varias semanas de: «¡Mierda de mundo, mierda de país!». Todo esto entremezclado con el ya penoso y celebre 1 de octubre.

Hay que escribir muy bien, y ha de ser todo muy real para que ese sentimiento te duela y te traspase de esa manera.

Compré la primera novela de esta serie por total casualidad. Vi «Inés y la alegría» una tarde que paseaba por la Fnac y me encontré con una portada en la que aparecía el nombre de mi abuela y una foto de personas que parecían de su generación.

No podía imaginar que me encontraría un capítulo apasionante y desconocido para mí, como fue, en octubre de 1944, la invasión de guerrilleros republicanos en el valle de Arán. Tampoco sabía que me encontraría un Galán asturiano y terminaría el libro con ganas de comer rosquillas que supieran mucho a anís. «¿Comprendes?»

«El lector de Julio Verne» fue la segunda entrega. Me acercó a la visión de Nino, aquel niño inocente y timido, hijo de un guardia civil, sin duda también inocente, y de una mujer de aquellas de bandera, amas de su casa de las que sacaron a este país de los escombros.

Con ellos viajé un caluroso verano de 1947 en un tren por la Sierra de Jaén. Conocí también a otras mujeres, que resistían solas entre el monte y el llano, recogiendo esparto para hacer alpargatas; a los fugaos del Cencerro; visualizé las planillas que hacía Nino con la máquina de escribir y sentí como propia la pasión por leer.

Después me enamoré de «Las tres bodas de Manolita». Lloré varias veces con esa mujer, noble y bonachona, que tenía que tirar de sus hermanos cuando parecía incapaz de tirar de sí misma. Me indigné con la facilidad con la que instaura la corrupción el cura de Porlier. Me ardieron las manos con las llagas que la sosa provocaba a las niñas esclavas de Franco, que usaban el maldito jabón para lavar la ropa, y me pesaron todos y cada uno de los ladrillos que fueron poniendo los presos de Cuelgamuros para llegar a terminar el Valle de los Caídos.

Ahora se me han clavado en el corazón todos y cada uno de los pasaportes que el Gobierno de Franco emitió a líderes nazis perseguidos por la justicia alemana para que pudieran salir de España y así esconderse en Argentina, a vivir con plena libertad, después de haber asesinado con crueldad a miles de personas inocentes.

Al terminar «Los pacientes del doctor García» noto sobre los hombros el peso de la impunidad, de la injustica y sobre todo de la frustración por el desconocimiento generalizado que tenemos sobre la historia de nuestro país.

Es, esta serie, una lección magistral de esa historia de España, que por desgracia, en fechas, se acerca cada día más a nuestros días. Vivo, con cierta pena, el miedo a que en alguna de sus novelas, Almudena Grandes describa la España de hoy como en realidad es, aunque muchos no queramos verlo.

Siento que esa historia nos está persiguiendo y tardara poco tiempo en alcanzarnos, quizás porque muchos no hayan querido leerla.

 

*En el camino me he dejado las mil anécdotas y los mil personajes extraordinarios que componen esta obra. Si pudiera no recomendaría estos libros; obligaría a todo el mundo a leerlos. Uno entiende mejor su país después de leer, después  de encontrar el lugar que ocupa en el mapa y sobre todo, después de tener clara su virtud y saber poner el foco en la verdad y el peso en los auténticos problemas.

 

Almu

4 comentarios sobre “Menos colgar banderas y más leer libros

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