Jacques Larvelle se quitó el sombrero y se sentó a mi lado.

El mesero me sirvió otra copa:

—Doctor, hoy hace diez años de la muerte de Firmin —me dijo muy serio.

—Firmin lleva muerto muchos más años —aseguré—. No hace falta morirse para estar muerto. ¡Larvelle, cuánta simpleza! ¿Qué día es hoy?, ¿dónde estamos?

—Hoy es el Día de los Muertos, doctor. Está usted en el bar del Hotel Bella Vista, en Cuernavaca.

—¿En qué año estamos? ¿En qué país?

—¡Doctor Vigil! ¿Tan mal está? Me está asustando. Esto es México, y hoy, como ya le he dicho, es 2 de noviembre de 1948.

—¿Y si estamos en México por qué demonios viene usted a recordarme a ese pendejo inglés de Geoffrey Firmin? Estoy enfadado con él… ¡Parece usted su mujer! Ni siquiera ella le guardará la ausencia… Menuda era, no lo hacía ni cuando estaba vivo.

—Era nuestro amigo doctor Vigil, ¿no lo recuerda?

—Borrachos somos todos muy amigos —carraspeé—. No he vuelto a verle, ¡hace diez años que no le veo! Aquel diplomático bebedor discutía por todo. Me llevaba siempre la contraria. Justificaba  lo irracional. Creía en cosas muy extrañas.

—Era un buen hombre. La culpa fue de aquella bruja… Le engañaba con todos, hasta tuvo una aventura con su medio hermano comunista. El hombre bebía para olvidar.

Me levanté muy serio y exagerando un gesto de poeta, con la mano en el pecho y los ojos muy abiertos me dispuse a recitar:

«A un cónsul inglés la muerte le anda rondando;

dicen que vive en el bar, a todas horas tomando.

Al final su corazón se terminará parando».

—Como el de todos, doctor Vigil… ¡Hay que jorobarse con el doctor! —apuntó la voz quebrada del camarero.

—¡¡¡De ninguna manera!!! —protestó Larvelle dando un puñetazo en la barra. La cerveza se tambaleó. A punto estuvo el hombre de caerse del taburete—.  Insisto en que la responsable de todo esto es la señora Firmin. Ella lo mató a disgustos.

La calaverita literaria me la contó el camarero. El único testigo vivo de aquella noche. Días después volví preguntando por mi reloj y me llevé un buen cuento y un gran sombrero. Me explicó el mesero que memorizó sin remedio palabra a palabra de aquellas tres frases, porque estuve horas recitando, cantando, o Dios sabe qué; erre que erre con aquel bendito poema: que si el cónsul inglés, que si el bar, que si la muerte rondando…

Yo solo recuerdo que Jacques Larvelle se sentó a mi lado, que cuando me desperté se había ido y se había llevado mi reloj. Firmin, un año más, sin dar señales de muerto. Ya resultaba extraño, demasiado tiempo desaparecido… Quizás le hubieran deportado.

En fin; que para algo existe un día tan señalado: para olvidarse de los seres vivos, enfadarse con los amados ausentes y discutir borracho con los amigos muertos.

 

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