He cerrado muchos bares, he bebido muchas copas y he llegado a casa muchas veces a las siete o a las ocho de la mañana. No lo escribo ni orgullosa, ni arrepentida. Lo escribo con la serenidad que te dan los años cuando miras atrás y ves otra etapa de tu vida.

En más de una ocasión fui la única mujer en un grupo de hombres, porque ellos siempre han gozado de más libertad a la hora de volver a casa, siempre han gozado de más libertad a la hora de sentirse incómodos o criticados por estar en según qué sitio a según qué hora y siempre han gozado de más libertad con esa autonomía suya ausente de miedo.

He tenido la fortuna de rodearme siempre de hombres con todas las letras, de esos que se visten por los pies y da gusto estar con ellos. Jamás han intentado abusar de mí, ni me han forzado a nada, ni me han puesto en una situación comprometida. Siempre ha sido todo lo contrario. Se han preocupado de acompañarme a casa, de no dejarme sola e incluso de quitarle importancia a que nadie me mirara mal o me criticara por estar a las seis de la mañana “sola con tíos”.

En estos meses he pensado muchas veces que la chica de La Manada podía ser yo, por ejemplo el año que dejé Madrid un viernes de agosto y me escapé a las piraguas con tres tíos. Mi único pecado hubiera sido creer que soy libre, que puedo decidir, salir, beber, disfrutar de la noche, divertirme… Creer que tengo mis derechos y que vivo en un país que me protege. Creer que de la misma manera que puedo salir, puedo entrar, frenar, retroceder, negarme, controlar una situación, calmar a un tío, llamar a la policía, pedir ayuda.

He dejado de ponerme mucha ropa, me he privado de hacer muchas cosas: de viajar sola, de quedarme hasta el final de una fiesta, de vivir en el extranjero. He hecho llamadas de teléfono que me han acompañado a casa, he subido corriendo unas escaleras con el corazón a mil, he sufrido por un taxi que no llega y sobre todo he sentido mucho MIEDO.

Mi yo cabal sabe que no los tienen que condenar a cadena perpetua, pero también sabe que no era necesaria la humillación, el menosprecio, el intento de echarme la culpa.

Cada vez que la culpan a ella, me culpan a mí, y a ti, y a tus amigas y a tus hijas.

Renunciar, dejar de hacer cosas, sentirse culpable, privarse de la libertad NO SIRVE DE NADA.

El resultado es este.

Te pasas la vida teniendo cuidado para que un buen día, o una buena tarde, llegue un juez y te escupa en la cara una sentencia tan CRUEL como esta.

Sobra el cuestionamiento cuando ellos eran cinco y TÚ estabas SOLA. Sobra la duda en la tipificación de los delitos cuando usaron la fuerza física para retenerte en un portal. Sobra el detective que después quería saber si la muchacha hacía vida NORMAL o no.

Sobran las mojigatas que se escandalizan de que una tía se meta en un portal con cinco tíos y sobran los machistas casposos sin vida sexual que la llaman viciosa y se quedan tan anchos.

Sobran los jueces que ven disfrute donde solo hay mierda y deberían lavarse la boca con lejía antes de hablar de ninguna MUJER.

Sobra el «van provocando», el «qué pintaba ella “allí” a las cinco de la mañana», o el «¿quién le mandó meterse “sola” en aquel portal?».

Sobran demasiadas cosas, demasiados sentimientos horribles y demasiadas personas obscenas, pero no sobra lo que las feministas llevamos años diciendo: “El machismo MATA”; y no es solo la actitud de la mujer la que ha de luchar en esta guerra.

 

 

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