Se van, y se van de la cámara con la Constitución Española debajo del brazo. Se van, y se van después de menospreciar, insultar y ningunear a la mayoría de los ciudadanos.

Se van, o mejor dicho: les echan.

Les echan por ladrones, por corruptos, por mentirosos, pero también por prepotentes, por mirar a otro lado, por su soberbia. Les echan con la Constitución Española y con todas sus letras, con la fuerza de nuestras feministas y con la responsabilidad de nuestros jubilados.

Quizás la realidad de este país e incluso su carta magna se les ha quedado grande.

Les echan, y hoy la mayoría de los españoles está feliz.

Los expulsados se pueden poner patas arriba o patas abajo, pueden mentir en sede judicial, pueden patalear y endemoniarse, pueden robar miles de millones, pueden hasta encerrarse en un bar hasta altas horas de la noche, pero no pueden obviar  la voluntad del pueblo español: la mayoría de los españoles NO les había votado.

A José Antonio Primo de Rivera, que se ha quedado solito, le pediría responsabilidad y prudencia en sus declaraciones incendiarias. Por el bien de este país le deseo una trayectoria política mayor y menos irresponsable de la que tuvo en su día.

El pueblo español no es tonto. La democracia funciona.

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