De la mano

Estaba tirada bajo un mar de piedras, plagada de heridas y sin respirar… No contento con toda esta mierda comenzó a pegarme con ferocidad. Me arrastró a la orilla, a donde él quería, fuera ya del río: por aparentar. Sumergió mi cuerpo con todo su odio, noté la amalgama del calor y el frío: comencé a sangrar.

Los pasos de alguien, las risas cercanas, le hicieron parar. Una mano “rara” tocó mi cabeza, se agachó a ayudarme, y sin preguntar…
Su piel era seca, blanca y delicada. Sus dedos muy fuertes, pero de verdad. Rozó mi mejilla, encontró mi alma, luchó por tirar.
Alcé la mirada, me llené de aire y pude gritar.
Me sacó del fango, curó mis heridas y envolvió mi cuerpo sin pestañear.

Supe despertarme, olvidar los golpes, llenarme de paz. Ya nadie me carga con piedras enormes, me empuja al vacío, me intenta ahogar.

Esa mano extraña, igual que la mía, pareja a la tuya, como las demás. Una mano suave, firme y decidida, alegre y audaz. Una mano hermana que sabrá salvarte de tanta maldad. Una mano noble que con gesto estable te podrá curar.

Tocará tu alma, te quitará piedras y te apoyará.

Nada desde entonces será como antes. Nada desde entonces te podrá asfixiar.

La magia y la fuerza se contagiarán. Serás tú quien brille bajo la esperanza de poder curar.

Y así, VIVAS, LIBRES y también UNIDAS. De la mano siempre frente a la IGUALDAD.

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