A la vuelta de Japón

Me impactó mucho la visita al templo de Todaiji, en Nara, viajando al sur de Japón.

Hacía sol, pero al bajarse del tren soplaba un viento frío.

El paraje conservaba, a pesar del tumulto y de los circos que montamos siempre los guiris (con los palos de selfie y las chorradas); esa magia que mantienen muy pocos lugares del mundo: esa fragilidad, ese aire puro, ese misticismo que roza lo irreal.

Los ciervos deambulando sin cuernos entre los turistas me llevaron por un instante a la típica reflexión de: no sé si esto me gusta o no, no sé si estos animales son sagrados o sacrificados, no sé si es normal que todo lo que tocamos lo tengamos que destrozar…

¿Acaso solo es un mal del siglo XXI? ¿Nuestros antepasados con tanta guerra y tanta conquista no destrozaban todo a su paso? ¿Estoy justificando nuestros males?

Lo hacemos todos los días.

En fin, que de pronto, entre tantas preguntas y tantos sentimientos contradictorios me vi a mí misma hace diez años en la ciudad de Estambul, en las puertas de Santa Sofía, viajando lejos por primera vez: tan joven, tan inocente, tan llena de entusiasmo y estupidez.

¿Uno es más feliz cuanto más tonto? El mundo estará lleno de felices.

Me gustan los lugares que te llevan a otros lugares, futuros o lejanos, conocidos o no; los olores que te transportan a los brazos de tus abuelos o a la infancia, las personas que parece que conoces de siempre, de mucho antes o de mucho después de hablar con ellas las primeras palabras.

Me gusta el olor del algodón de azúcar aunque no me guste el algodón de azúcar, el sabor del anís aunque no me guste el anís.

Me gusta la intensidad, el chocolate amargo y las cosas muy claras, los sentimientos fuertes, aunque sean de papel.

Me gusta ir por la vida con el corazón por fuera: para llorar más, para querer más, para llegar más lejos.

Me gustó aquel Buda, que se escondía dentro de aquel templo, que se escondía a su vez en aquel lugar plagado de ciervos.

Me impactó y me impactó mucho, no solo por su tamaño o por su color (era un Buda enorme de color negro); me impactó por el bofetón que me solmenó  el aire y de pronto me hizo darme cuenta de otras cosas: del paso de los años, de los  cambios, de las despedidas, de los fracasos, de las nuevas etapas.

Hubo en aquel lugar y en aquel Buda una sensación que me afectó muchísimo, un sentimiento de compasión o sobrecogimiento, algo raro que llamó mi atención y cambió mi forma de mirar.

Ante mí estaba la verdad: el tiempo. La muerte; la vida. La fe de algunos; el desconcierto de los otros.

Hay cosas que se escapan a nuestro raciocinio, hay veces que sientes que una mano se mete por tu garganta hasta llegar a tu corazón o baja hasta tu alma y te retuerce.

Hay ocasiones en que notas que algo o alguien escarba dentro de ti y te detiene. Después es bastante complicado echar a andar.

Hay momentos en que te sientes mal por sentir bien, y momentos en que te sientes bien pensando mal.

Hay días para equivocarse y años para rectificar.

Hay tiempo para querer y tiempo para olvidar.

Hay lugares sagrados.

Suspiré y me puse a leer lo que ponía la guía de aquel Buda: su mano derecha alzada nos decía “no tengas miedo”, y su mano izquierda nos daba la bienvenida.

A mí me dio la sensación de que su mano derecha me decía: detente, piensa, reflexiona, párate, recapacita. Mientras que la mano izquierda me invitaba a relajarme, a olvidarme y a meditar.

Todo con calma.

Fue por esa razón que me compré el llavero. Mi color favorito siempre ha sido el malva. Mucho antes de que fuera un icono feminista o el color de un partido político siempre denostado. Soy como soy, a pesar, o gracias, a las modas. Soy como soy, guste, o no guste a los demás.

Soy como soy, quiera, o no quiera.

Me gusta ser mujer, defender las causas perdidas y escribir sobre todo lo que late.

Quiero que este Buda me recuerde cada día que yo tengo las llaves de mi vida, las que abren y las que cierran puertas; las que he olvidado incluso de dónde son.

Quiero tener a mano la llave que encierre todos mis miedos y la llave que deje volar mis esperanzas; quiero tener muy cerca la llave de mi corazón.

Quiero abrir y cerrar mi mundo solo a mi antojo. Estar para quien lo merece; desaparecer para el que no.

Quiero vivir mi vida a mi manera, olvidarme de las comparaciones, de las metas y de los prejuicios: decidir yo.

No tengas miedo, me dice el Buda del llavero, y confía en ti misma, me digo yo.

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