El olor de la lejía

Desperté en aquel hotel de las afueras cómo se despierta siempre en un hotel de las afueras: desubicada, somnolienta y sucia; había dormido fatal. Ni siquiera recordaba qué hacía allí, cuánto tiempo llevaba encerrada en aquella habitación o cuál era la razón de mis mareos.

Aparté con asco la sábana que me cubría, blanca, áspera y maloliente: apestaba a lejía.

Había algo sucio y limpio en el olor de la lejía, había algo desinfectante y contaminante en el rastro que dejaba en la piel. Había algo vomitivo y cruel en los recuerdos que ese aroma evocaba en mi mente.

¿A qué huele la lejía?, me preguntaba insegura una y otra vez. Y no lograba contestarme.

Necesitaba ducharme antes de que comenzaran los picores, pero era incapaz de moverme. Era como si tuviera el frío metido en los huesos y mientras tanto el calor me estuviera machando la cabeza.

Llevaba demasiado tiempo sin dormir.

Seguramente el hedor de la lejía llegaba a mi cerebro impidiéndome conciliar el sueño y provocándome después aquellas náuseas y aquellas palpitaciones matutinas.

La lejía se había vuelto pestilente. El tufo ya era insoportable. Su olor entraba en mí como un gusano ágil entra en una manzana fresca: sigiloso, lento, pero devorando.

Las altas temperaturas tampoco ayudaban mucho. Me había pasado la noche sudando, dando vueltas en la cama, entre escalofríos y estertores de la muerte; presagios apocalípticos. Me había pasado la noche soñando con el cuarto de baño de aquella cafetería tan pija de Alberto Alcocer.

Ahora tenía mareos, fiebre y ganas de llorar; entonces era feliz.

Descalza me levanté. Del calor del suelo de la moqueta de la habitación pasé al frío de los azulejos del cuarto de baño. Me quité el pijama y lo dejé tirado en una esquina, con las bragas sucias asomando por el pantalón, arremolinado de sacarlo por los pies. Me horrorizó ver mi cuerpo en el espejo, aunque apenas lo veía bien. Estaba vieja y arrugada, pero lo peor era sin duda mi piel. El blanco de mis ojos se había vuelto amarillento, destacaba entre colores claros, entre el brillo de las baldosas y el mate de la pared.

Metí un pie en la bañera, agarré la ducha con nostalgia y abrí el grifo con resignación. Esperé nerviosa el agua fría, concentrada en ver cómo habían crecido los hongos de mis pies. Busqué en la estantería oxidada un sobre de champú. Me vino a la cabeza el espectáculo que antes se vivía al llegar de nuevas a un hotel: cepillos de dientes, de usar y tirar; gorros de baño, de usar y tirar; pastillas de jabón, de usar y tirar; sobres de champú, de usar y tirar; bastoncitos, de usar y tirar; toallitas, de usar y tirar; cuchillas, de usar y tirar. Todo nuevo y envuelto en un plástico brillante; de usar y tirar.

Se me hacía la boca agua de imaginarme lavando los dientes, quién me lo iba a decir…

Me había pasado la vida entre dentistas, desde que a los seis años me habían salido negras las primeras muelas y aquella doctora francesa se atrevió a anunciar que era culpa de la contaminación.

Abrí los ojos cuando noté que un líquido terroso y marrón comenzaba a acariciar mis pies, salía protestando, como todos los días. El agua recorrió mi cuerpo envejecido entre espasmos violentos e intermitentes, su lucha por salir era lo único con vida en aquel hotel flotante de Reikiavik.

Salí del baño y me acerqué a la ventana, esperaba ilusa un paisaje nuevo, que el cielo hubiera cambiado de una vez. Pero fue lo mismo de siempre lo que encontré. El mismo sol brillante que calentaba cada día un poco más, la misma desconfianza, el mismo devenir. Ni un barco, ni una gaviota, ni un pez por descubrir. Era diciembre y no había ni rastro del invierno, del frío o de la nieve. Estábamos de nuevo en alta mar. Intentábamos alejarnos de las hordas de bolsas de plástico que estaban a punto de engullirnos; de las montañas de tampones y de compresas usadas que amenazaban con devorarnos, de la fetidez de las colillas que me impedía abrir la ventana para respirar.

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Los envases inertes y olvidados llenaban el horizonte azul.

Fijé la vista en el envoltorio de un caramelo Pictolín que luchaba por entrar en una lata mugrienta de Coca-cola donde ya habitaban un montón de tapones de colores. Entonces recordé mi país, el de antes de las Grandes Inundaciones de 2036.

Recordé en el olor a la lejía los cumpleaños infantiles que celebrábamos en aquella cafetería de Madrid en la que después trabajé. Recordé a las madres de aquel colegio de Alberto Alcocer, tan pijas y tan estiradas; cada día un poco más. Recordé la altivez con la que me miraban, la soberbia con la que me trataban, el desprecio a la hora de pagar. Se sentían las dueñas del mundo y era así.

Recordé en el olor de la lejía cuando no me daba tiempo a fregar el baño de aquella cafetería y vertía la mitad de la botella del líquido que ahora detestaba por aquel inodoro impoluto, para que al menos oliera bien. Recordé a todos los mocosos engreídos, hijos de aquellas madres, que tuve que soportar. Siempre consumiendo, engullendo y chillando sin parar. Recordé la cantidad ingente de vasos de plástico y de cubiertos apenas usados que solíamos tirar. Recordé cuando teníamos agua caliente, agua limpia, agua clara; cuando al salir de la ducha te sentías bien.

El olor de la lejía era lo único que me quedaba en aquel barco perdido de la mano de Dios. Fuera apenas se leía el que un día había sido su nombre: Rainbow Warrior III. Ya ni siquiera ondeaba nuestra esperanza, en la bandera verde de la antigua Greenpeace.

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