Cuatro botones

El capitalismo es una enfermedad mental, murmuraba mi madre mientras buscaba botones por toda la casa.

Por más que la mujer abría cajones y cerraba armarios, por más que revisaba joyeros y revolvía baúles, por más que rebuscaba en la cómoda y examinaba la caja de la plancha. Por más que vaciaba el carro con las cosas de pintar, e incluso, por más que metía la cabeza en la caja de herramientas de mi padre: no había forma humana de encontrar un puñetero botón.

En el colegio nos habían pedido que lleváramos cuatro botones para hacer una postal de Navidad. Mi madre, que lo había visto anotado en la agenda con mi letra irregular, se había vuelto loca; pero loca de verdad.

El capitalismo es una enfermedad mental que tenemos todos, exclamaba malhumorada mientras buscaba los cuatro botones.

Y yo no entendía nada. No sabía a qué se refería mi madre con aquella enfermedad mental, pero yo la culpaba de los nervios del momento. Me habló de hilos y de los pespuntes, del punto bobo, de las agujas y de bordar. Hasta que se detuvo y me miró nerviosa. Entonces, me explicó que su madre y su abuela, incluso hasta su bisabuela Ramona, tenían una caja de hojalata, antigua residencia de galletas, donde escondían botones de todos los tamaños, un cojincito repleto de agujas clavadas, alfileres con cabezas de distintos colores, hilos, sueltos y amarrados, imperdibles, plateadas y doradas, una cinta métrica amarilla, tijeras, e incluso dedal.

Aquella cajita era un objeto sagrado para todos los niños; pues no la  podían tocar.

En el de mi abuela, me contó muy seria, me encontré una vez una foto antigua de unas monjas. Por el de la bisabuela danzaban San Pancracio y San Antonio.

El capitalismo es una enfermedad mental, repitió ya con voz apagada.

Mi madre nunca se había parado a pensar que cuando se le rompía un calcetín, lo tiraba; que cuando se le descosía el encaje de unas bragas, las tiraba; que cuando le quedaba largo un pantalón, lo doblaba. Que no sabía lo que era remendar un bombacho de trabajo, arreglar unas cortinas o tejer las trenzas de un jersey.

Al final, la abuela, (mi abuela) (nuestra abuela), se presentó en casa con una bolsa llena de botones para que yo pudiera elegir los cuatro que más me gustaban. Y mi madre, al ver la cantidad de botones que guardaba la abuela, solo en aquella bolsita pequeña que saco de su bolso, se puso a llorar.

El capitalismo es una enfermedad mental que tenemos todos. ¡Y todas!; que decís ahora las modernas… Eso nos espetó la abuela para acabar.

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