La madre de Frankenstein

Almudena Grandes no defrauda; nunca lo hace. No es una de esas escritoras de público fiel que de pronto aparece en las librerías con una porquería de novela de éxito garantizado porque lleva su nombre. Acabo de terminar La madre de Frankenstein, la quinta entrega de sus Episodios de una Guerra Interminable y me ha dejado como siempre, con la boca abierta y con ganas de más.

Es (hasta ahora) su episodio más triste, más espeluznante, más duro y quizás más cargado de crudeza. Ambientada en el manicomio de mujeres de Ciempozuelos la novela cuenta con tres puntos de vista magistrales, el de tres de sus protagonistas principales: Germán Velázquez, un joven psiquiatra que regresa a España en 1954 y tras años de exilio en Suiza vuelve a un país que no logra encontrar bajo los escombros; María Castejón, una auxiliar de enfermería, nieta del jardinero del manicomio y conocedora del lugar a la perfección, una mujer nacida sin ningún tipo de futuro, y también sin ningún tipo de pasado (como muchas de las mujeres de su generación); y por último cuenta con Ella, con la protagonista principal, con la famosa parricida española: Aurora Rodríguez Carballeira, con la mujer fascinante, maquiavélica, paranoica, con la mujer que no llegas a odiar.

Aurora Rodríguez asesinó a su hija Hildegart el 9 de junio de 1933, dieciocho años después de parir a la mujer ideal que, según ella, estaba predestinada a salvar el mundo. La mató cuando comenzó a albergar temores fundados de que su experimento no iba a ser capaz de cumplir con sus expectativas. Le pegó cuatro tiros mientras dormía. Cuando la detuvieron, en lugar de mostrar arrepentimiento o dolor, se encontraron con la lógica aplastante y el convencimiento de alguien que ha obrado en consecuencia con sus firmes ideas, con una mujer inteligentísima y brillante que cree ser un escultor que no está contento con su obra y que tiene todo el derecho del mundo a destruirla.

La novela se desarrolla en los años 50, los años más duros del Franquismo, en pleno auge del nacionalcatolicismo, cuando la dictadura ya estaba asentada y arraigada, cuando hacía y deshacía a su antojo de la mano de la Iglesia, cuando hombres del Régimen, como el doctor Vallejo Nájera perseguía el gen rojo y hablaba de inferioridad mental y de exterminio, cuando el país ya había perdido por completo la esperanza, y las mujeres y los homosexuales carecían de derecho a nada.

En el manicomio nos encontramos con la realidad, con los electrochoques, con los comas insulínicos, con los baños de agua helada, con las torturas o con los procedimientos habituales a los que eran sometidos en los centros psiquiátricos los enfermos mentales. Los hombres se deshacían de sus mujeres impedidas ingresándolas en manicomios, incluso para disfrutar de una amante más joven. Nos encontramos, como no, con las diferencias que había entre las enfermas pobres y las enfermas ricas, que ni siquiera llegaban a coincidir; ni en el patio, ni en el comedor, ni en la enfermería. Nos damos de bruces con los bebés robados a las enfermas violadas y después regalados por la iglesia a familias afines.

Ser mujer en aquel mundo era no tener derecho a nada, no valer nada, no merecer nada; era ser un trapo viejo y sucio donde todo el mundo tenía derecho a limpiarse. Ser mujer y enferma mental ya era inmundo, era más que un suplicio, era una condena horrible y  era una vida humillante. Era un infierno a la vista de todos, que no importaba a nadie.

La madre de Frankestein

El funcionamiento del manicomio nos muestra el funcionamiento de un país humillado, despedazado y muerto; que actúa por inercia, que no piensa en nada, que no va más allá.

Sin ser una ficción distópica (más bien y por increíble que parezca es todo lo contrario) el manicomio de Ciempozuelos me recordó a Gilead, y Almudena Grandes sonó en mi cabeza con la misma maestría y la misma fuerza que Margaret Atwood en El cuento de la criada. Caminé por los pasillos de techos altos y paredes blancas, de adoquines de colores hasta la cintura, de puertas enormes con cristales tupidos y veteados. Respiré cuando salí fuera de sus cuatro paredes. Me atravesó el lago de Suiza. En definitiva, traspasé la ficción y me hizo adentrarme en un mundo propio, tan real y tan perfecto; aunque fuera espeluznante.

Hay que estar muy atentos en la lectura de este libro para no perderse nada, está lleno de guiños y de detalles, guiños a sus otros episodios, alguno identificable rápidamente como la aparición de Pastora, de El lector de Julio Verne, o de Guillermo, nuestro doctor García. Otros un poco más escondidos. También hay alguna referencia literaria a otras obras; yo estuve en aquella confitería del centro de Madrid de la que no voy a dar más datos…

Los que hemos tenido la fortuna de ir leyendo estos episodios cronológicamente vamos disfrutando y penando, madurando y asimilando, diseñando y enriqueciendo nuestra idea propia de un país, o más bien, del funcionamiento interno de un país. Entendemos un poco mejor cómo hemos llegado hasta aquí y también entendemos un poco mejor TODO lo que nos queda por hacer.

La escritora madrileña, discípula de Galdós, arrancó sus Episodios nacionales en 2010 con Inés y la alegría, con la invasión del valle de Arán. A continuación llegó Nino, el protagonista de El lector de Julio Verne que nos situó en la Sierra Sur de Jaén en 1947, en un cuartel de la Guardia Civil. Después apareció en escena Manolita, uno de mis personajes favoritos, en Las tres bodas de Manolita, donde profundizó en el Madrid de la posguerra.

Hace año y medio conocíamos al doctor García, en un thriller brillante y apasionante donde nada es lo que parece y todo esconde un secreto, alguna miseria, o cierta dosis de perversión; donde todo resulta impostura. Siempre digo que Los pacientes del doctor García me dejó un mes hecha una mierda. Parecía una novela insuperable, pero no lo es. La madre de Frankenstein ha rebasado mis expectativas; Almudena Grandes lo ha vuelto a hacer, se ha vuelto a superar.

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