Poesía y ruido

Pese a todo se subió al escenario del salón de actos rodeada de silencio, decidida a recitar lo que tenía escrito. Llevaba meses recibiendo insultos en las redes sociales. Llevaba meses sin compartir noticias en Facebook y sin publicar fotos en Instagram. Había abandonado ofendida tres grupos de Whatsapp. Había recibido amenazas en Twitter. Había dejado de ir a las asambleas de la asociación. Estaba harta de la tecnología, de su vida, del puto móvil, del postureo de unos, de la hipocresía de otros, de la indiferencia del que tiene poder. No quería leer más memes machistas. No quería tener que explicarle a nadie lo que era feminismo y lo que no. No quería discutir si era normal que el Gobierno español se apoderara de aquellos cánticos de las manifestaciones, del lema de llegar a casa borracha y sola. Estaba hasta las narices de la gente que justificaba la prostitución en pleno siglo XXI, de la falta de argumentos, de lo zafío y chabacano del discurso de muchas de sus compañeras, del insulto gratuito y de la Red. Ella solo quería estar lejos de la polémica y del debate; del desorden y del enfrentamiento; lejos del ruido y cerca de la poesía.

Se había pasado la noche anterior dándole vueltas a su gran poema feminista, a la biografía de todas esas mujeres del siglo XX, a Pasionaria y a la mujer que habla, a Dolores Medio, a Luisa Carnés; a la vida perra que habían llevado sus abuelas, a los sacrificios de su madre, a las mujeres que estaban en Lesbos, a las que luchaban en Argentina para legalizar el aborto, a las niñas mutiladas en Chad. Le dolía la cabeza de pensar en tantas y tantas heroínas: mujeres que trabajaban en la calle y mujeres que no, solteras o casadas, lesbianas o no, médicas, profesoras, enfermeras, dependientas o celadoras, que estos días estaban tan expuestas, amas de casa, limpiadoras, peluqueras o pescaderas del Mercadona, todas luchaban cada día por llegar a fin de mes. Estaba resfriada, había tenido que cancelar su viaje a Palermo con la mierda del Coronavirus y se sentía muy mal: saturada, cansada y sola; harta de luchar.

Era imposible sentarse a escribir con tanto ruido.

Enderezó la espalda, crujió la madera bajo sus pies. Se aclaró la garganta y después, comenzó en voz alta a enumerar:

Margarita Nelken, Clara Campoamor, Dolores Ibárruri, María Zambrano, Federica Montseny, Victoria Kent, Margarita Xirgu, Teresa Claramunt, Emilia Pardo Bazán, María Moliner…

Cerró los ojos y siguió recitando unos versos que ya se sabía de memoria:

¿Será que este país no ha parido a sus mujeres?

¿Será que no eran grandes sus batallas?

¿Será que no entendimos sus mensajes?

Será que algún cartero perdió sus cartas.

¿Será que este país no ha parido feministas?

Será que son mujeres de mente extraña.

¿Será que este país no ha parido nunca ideas?

Será que sus ideas son macabras.

¿Será que este es país solo de hombres?

¿Será que este es país para cobardes?

¿Será que este país es de locuaces?

 

¿Será indigno soñar hacer las paces?

¡Será que este país está dañado!

¡Será que este país está cansado!

 Será que este es país amordazado.

Será que ya no hablamos sin gritarnos,

será que no sentimos que al vivir pasan los años,

será que ya no unimos bien nuestras palabras, teniendo libertad para hacer daño.

Será que echándonos la culpa hicimos trizas,

los sueños de un ayer que hoy son cenizas.

Será que abandonamos nuestras metas, cansadas de infinitas jugarretas.

 

Será que hace falta mucha más gente,

con un gran corazón; no uno latente.

 

¿Será que hemos soñado suficiente?

La falta de igualdad sigue presente.

Las ganas de volar siempre patentes.

¿Será que este es país de gente mala?

 

¿Será de discutir por la palabra?

Bien sabemos llorar cuando hace falta.

Culpar a la mujer cuando la matan;

sufrir y pelear sin dar la talla…

 

En ese momento se detuvo, calló abatida; sin terminar de recitar el poema. Ese era el agujero negro en el que llevaba varias noches escondida: no le gustaba el final. Perdía el ritmo y faltaba alguna metáfora más. Últimamente estaba preocupada por su estado de salud mental, o bien se bloqueaba mucho, o había subido demasiado su nivel de exigencia de tanto leer a los rusos. No escribía nada que mereciera la pena. Además lo más inquietante de todo era que siendo feminista había disfrutado de los últimos artículos de Pérez-Reverte.

Abandonó el atril completamente relajada, tras recitar aquel poema-manifiesto, inconcluso e imperfecto, pero suyo. Le había dado vueltas a la cabeza pero lo había logrado. Se había subido al escenario a recitar, de su boca habían ido saliendo las palabras, aunque fuera sin gente. Pensó que lo primero que iba a hacer al llegar a su casa iba a ser avisar a su madre de que los actos del 8M habían sido cancelados. Después, apagaría su móvil durante un mes. Con el tiempo de vida que le devolvería la ausencia del puñetero aparato hegemónico del siglo XXI, leería El Quijote, dormiría la siesta, tomaría café, podría salir a caminar todas las tardes e incluso regresar a sus clases de francés. Esa noche se daría un buen baño de espuma, se tomaría una infusión de jengibre, se acostaría temprano y se olvidaría por un tiempo de lo demás.

Escribir no era un acto heroico; era un acto suicida.

De pronto se dio cuenta de que había algo que no podía olvidar. Antes de llevar a cabo todos sus planes tenía que averiguar sin falta cómo demonios iba a salir de aquel edificio vacío en el que se había quedado encerrada. Tendría que saltar la valla y esquivar a los perros. Tendría que correr. Era la tarde del 6 de marzo de 2020, era viernes, era primavera, era el día en el que ella había recitado su primer poema feminista, el día que acarició un poco la libertad; el día en que, entre unos y otros, decidieron cerrar la universidad.

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