Otra huelga de mineros

A las tres de la mañana me despertó uno de mis hijos. Fui dando tumbos por el pasillo hasta que llegué a la habitación del culpable; que tenía una pesadilla y mucha sed.

¿Qué día era? ¿Dónde estábamos? ¿Qué había ocurrido?

Caminaba medio dormida y desorientada cuando me vino a la cabeza una imagen muy clara: la mía, sorprendida, pendiente, con los ojos muy abiertos, intentando ver algo a través del cristal cuando no llegaba ni a abrir la ventana y lo único que podía asomar a la luz del día era la punta de mi nariz. Después, recordé a mi madre quitándome de allí.

No sé si soñé con ello o fue el recuerdo el que me asaltó ayer por la noche, pero estos días me recuerdan mucho a aquellos: a los días en que yo era una niña y tampoco podíamos salir. Recordé el sonido lejano pero intenso de las pelotas de goma rebotando contra alguna pared. Recordé el sonido de la que yo creía que era aquel sonido. Me imaginaba que las pelotas caían en Bedón, que era un sitio eléctrico y muy peligroso que había al final de mi barrio, un sitio al que los niños no podíamos ir. Me imaginaba a los mineros luchando por salir de allí.

Recuerdo cosas que probablemente mi cerebro se las haya inventado; como que a mi tío Pedro le había caído un pelotazo en el culo y no se podía ni sentar.

Meses sin trabajar y sin cobrar, tiendas que abrían, aunque hubiera huelga de mineros y vivieran de sus jornales. Mi tía que se perdió unas oposiciones porque la carretera estaba cortada y si se lo recuerdo seguro que todavía le sienta fatal. La angustia contenida de mi madre con la cartilla del banco en la mano; siempre tan cauta, la pachorra del anarquista de mi padre; siempre tan seguro de lo que hace. Jugar con mi hermano detrás del sofá. Cenar patatas fritas con un huevo, muchas noches seguidas.

Qué felices éramos y qué poco nos quejábamos.

Ayer mi amiga Geno decía, ojalá fuéramos niñas y fuera domingo, y fuéramos a misa y después a comprar gominolas a la tienda; para correr libres por el parque. Y tenía razón, qué importante es ver la vida desde cierta altura, o desde cierta bajura, respirar, contener cuando el aire se espesa, ahorrar energía y tener una infancia feliz a la que volver.

Me he levantado y le he preguntado a mi hija qué quería desayunar, me ha dicho que mortadela. Y le he puesto mortadela. Ojalá que cuando sean mayores y tengan problemas y se pongan nerviosos regresen a los días de su infancia en los que se desayunaba mortadela y no se podía salir.

Ojalá sientan confianza y sientan calor y sientan nostalgia.

Ojalá encuentren ánimo en estos momentos, como le pasa a su madre cuando recuerda las huelgas de los mineros y oye los pelotazos y rememora las discusiones de los mayores y el eco del telediario, las protestas de su abuela, el miedo al futuro, los días en los que no se podía salir y apenas se veía nada por la ventana.

Los mineros me han enseñado muchas cosas: a luchar por lo mío, a no decaer, a estar siempre ahí, pero la principal y la más importante es que cuando uno siente que hace lo que tiene que hacer, que hace lo correcto o lo que cree justo, aunque no sea lo correcto, el final termina siempre por llegar con la misma firmeza que el principio.

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