Manzana y Cebolleta

La semana pasada se llamaban Enriqueta Malas Pulgas y Antoñito Mucha Marcha. A ninguno de los dos le gustaba su nombre, pero el efecto era divertido: les hacía rabiar. La primera semana fueron Pangolina y Pangolín, pero no me hacían mucho caso… Esta semana son Manzana y Cebolleta; lo llevan bastante bien.

Manzana y cebolleta

Empezaré por contaros que Enriqueta Malas Pulgas y Antoñito Mucha Marcha intentaron escribir un cuento sobre unos niños que nunca querían dormir, pero Antoñito, que no para ni un segundo, movió la silla de tal manera y con tanta gracia que una de sus patas fue a saltar justo encima del dedo pequeño del  pie de su hermana Enriqueta. Con este silencio que nos ampara se escucharon los gritos de la pequeña, que tiene buenos pulmones, hasta en el centro urbano de Sebastopol. Fuimos corriendo a meter el pie en un  balde de agua fría, el dedo pequeño de la pequeña Enriqueta se había puesto de golpe como un pimiento morrón. Dejamos la historia del cuento por fuerza mayor.

Antes de ayer, a eso de las ocho, Manzana y Cebolleta entraron en la cocina arrasando, corriendo, asustados, señalando a la terraza, tirando de mi camiseta y preguntando qué pasaba ahí. Han necesitado más de veinte días para enterarse de que los vecinos salen a aplaudir.

Fui con ellos y volví a contarles lo que ya les había contado a Pangolina y a Pangolín, que los vecinos aplaudían todas las tardes a la gente que estaba luchando contra el virus: como las Patris: Patri1 y Patri2, que estaban cada una en su hospital, como la tía Pili que limpiaba en Gijón, como la mamá de Carmen que era médica del corazón o la mamá de Sofía que era guardia civil, como Eugenio, el portero de nuestro edificio, como Jorge, el que nos trae la fruta cada semana… Hablamos de los abuelos y de los niños y de las maestras encerradas. Estaban ensimismados con la ovación, observando a la gente en sus ventanas y escuchándome por primera vez, pero el espectáculo estaba a punto de acabar.

Pensé que era emocionante el sonido solemne y serio del homenaje a nuestros sanitarios, aunque lo reviente el paripé que montamos siempre los mayores antes y después de todo lo que hacemos, las trompetas y los silbidos que convocan a menos cinco y el musicón que pone luego algún dj.

Saludamos con la mano a un compañero de clase de Cebolleta que vive de lejos, vimos las banderas en algún balcón de la urbanización de madrileños que tenemos enfrente, y Manzana preguntó por qué nosotros no teníamos una, Cebolleta sugirió que lo mejor sería poner los adornos de Navidad. Descubrimos a un vecino ciclista que aplaude desde la elíptica y a otro calvo que lo hace subiendo y bajando un pequeño escalón. Apareció una señora ondeando en su terraza una bata roja de franela, como si fuera una bata de cola, con el pelo tan alborotado como si se acabara de levantar. Conocimos a un  matrimonio de la edad de mis padres, que parece que está en el Titanic, primero sale el hombre a su enorme terraza de ático que da la vuelta a la esquina y se pone justo en el vértice del triángulo con el cielo detrás. Poco después aparece la mujer y lo abraza por la espalda. El hombre aplaude con mucho sentimiento, vete tú a saber la historia que esconde dentro, después observa a mis hijos con nostalgia, los suyos quizás estén en Francia o en Alemania, quizá en Perú. En sus gestos se ve mucho amor, pero también soledad.

Manzana y Cebolleta parecen un poco decepcionados con el espectáculo, pero justo entonces comenzamos a escuchar sirenas de policía que se van acercando. Uno a uno desfilan calle arriba los coches, con las luces puestas. ¡Son seis!, grita Manzana. ¡Siete!, corrige Cebolleta; como si ella supiera contar.

Los coches se detienen en paralelo a una hilera de coches blancos, aparcados, que parecen desinflados, será porque llevan días sin moverse, les falta el aire. De pronto vemos bajarse a uno de los policías que se pone a aplaudir a las personas que están a su vez aplaudiendo en su balcón. Todo el mundo necesita su aplauso, su caricia, su palmadita en el hombro antes de dormir.

Manzana propone que os escriba todo lo que estamos viviendo y yo le prometo que lo voy a intentar.

Al día siguiente, es decir, hoy, escuchamos las trompetas de menos cinco y nos vamos colocando. Manzana juega con sus coches en el suelo, Cebolleta cuenta unas cartas encima de la mesa y yo cojo este portátil y me siento en una silla a escribir. Tengo un recuerdo fugaz para mis abuelas, como tantas veces, pienso que antes las campanas medían el tiempo y ahora lo hacen los aplausos.

Manzana me pide que apunte que abajo está Lupe, la perra de un vecino argentino, que conocemos desde que nació; que encima del contenedor del papel hay un nido de pájaros y que seis coches de policía pasarán por debajo de todas las palmeras de la calle.

La gente comienza a aplaudir y Manzana se levanta muy solmene y muy digno, sin que nadie le diga nada, se pone a aplaudir con el mismo sentimiento que el vecino del Titanic, que le mira y le sonríe. Cebolleta que no podía ser menos y hace todo lo que haga su hermano se pone a su lado y aplaude con la misma emoción.

A mí los aplausos de hoy me han dado muchas ganas de llorar.

Cuando acaba la liturgia aparece el papá de Manzana y Cebolleta con la cena hecha, que para eso los aplausos marcan el ritmo de nuestros días y yo le pregunto a mi hijo: ¿Manzana, y tú a quién has aplaudido? Me mira muy serio y me responde: A todos mamá, a todos.

Un minuto después se acerca y me susurra: ¿Podemos volver a salir y atrapar en tu ordenador lo que está pasando fuera?

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