Las cárceles que elegimos

En ninguna de las cárceles anteriores había sufrido tanto como en esta.

Del triste penal de Oviedo la sacaron a empujones y la llevaron a Saturrarán, por haber trabajado de enfermera en un hospital de guerra. En la cárcel vasca no estuvo mal; no fue de las elegidas. Allí podía oír el mar que nunca había visto. Allí escribía planillas e imaginaba romances; a veces hasta cantaba canciones. Allí hacía curas. Allí empezó a leer. Allí ayudaba en los partos. Allí recibía comida, a escondidas de las monjas. Allí aprendió a depilarse las cejas con un cordel. Allí se sintió a salvo de unos y a merced de otros. Allí redactaba cartas. Allí, cambió una condena por otra, una vida por otra, una amiga por otra. Allí volvió a rezar entre dientes porque la obligaron a arrodillarse bajo una estatua de sal, y allí, acabó por sentirse segura en brazos del enemigo.

De Saturarán se fue al exilio en una barca de pescadores, un Jueves Santo. Vivió de la caridad, de la soledad, del miedo, de la vergüenza y de la impostura, de la ayuda de algún que otro español muerto de hambre, de la escasa solidaridad de los franceses. Francia siempre fue para ella una pared limpia y un patio podrido. Se casó pensando que dejaría de estar tan sola durante un tiempo. Parió tres hijos, le vivieron dos, fueron a la escuela. Después se quedó viuda y no le importó demasiado. A su marido le veía muy poco, no le dio mala vida, pero buena tampoco.

Cuando pudo regresó a su España, donde nadie la quería. Alquiló una casa en Madrid, despidió a sus hijos, fue libre durante un tiempo.

Se encerró voluntaria en un lugar diferente pero que ya conocía: vigiló fiebres, enrolló vendajes, cosió mil heridas. Ayudó a subsaharianos y a prostitutas, a ecuatorianas y a españolas que querían abortar. Acogió en su casa. Repartió bocadillos por la calle. Revolvió ollas enormes de cocido.

Antes de perder la cabeza eligió encerrarse en Bellascusa. Y sola se fue a morir en aquella residencia para ancianos. Lejos de aquel hospital en el que tanto trajinó cuando la guerra. Lejos de su peor penal y de su primera cárcel, lejos de aquella jaula dorada. Lejos del hijo que perdió por el camino y lejos de los otros dos, que despidió en Francia.

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