Era lunes

El cielo era del color de la carretera, un gris muy claro, taciturno, débil, de baja intensidad, que imprimía a aquella mañana de julio un estado anímico confuso. Teníamos todavía sueño, cuerpo de viaje, resaca de esa noche previa: la cabeza parecía desplazada, el estómago dilatado, los ojos secos. Los pliegues de todo el cuerpo estaban impregnados de un sudor casi violento, el pelo descontrolado y la boca seca. El verde sobrepasaba los quitamiedos invadiendo el asfalto. Podíamos continuar por esa carretera, seguir por la autopista, saltarnos la salida, escapar de la realidad, buscar el cielo azul en el Cantábrico, pasear por la arena fina de sus playas. Todavía estábamos a tiempo. Sin embargo, elegimos el paisaje decadente, los muros deshechos, las casas abandonadas de las cuencas mineras, las promesas incumplidas en siglas desvalijadas de propaganda antigua, las estructuras de hormigón que quedaron suspendidas en el aire de una reindustrialización que nunca se llevó a cabo, el castillete fantasmal al fondo de aquel cuadro hermoso, los vagones abandonados a la izquierda, las vías muertas que componían un paisaje viejo, melancólico, triste, casi deprimente; pero aún vivo.

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La jaula se cierra: PRIMERA PLANTA.

El descenso sumerge: SEGUNDA PLANTA.

El estómago mengua y encoje: TERCERA PLANTA.

Suspirar. Buscar dónde agarrarse: CUARTA PLANTA.

Nacer – morir, entrar y salir de la mina: QUINTA PLANTA.

Luchar. Pelear: Coraje; nos hace falta coraje: SEXTA PLANTA.

Mi padre con 20 años. Mi abuelo huyendo del grisú. SÉPTIMA PLANTA.

YO, escarbando con el talón y con la punta de las katiuskas el suelo al salir de la jaula. Caminar. Pisar despacio. Seguir la luz que desprende el foco y fijar la vista en la espalda del hombre que me precede. Agacharme a tiempo; a veces sí, a veces no. Imaginar mineros de otro siglo, mi bisabuelo, con la chaqueta al hombro y el palillo entre los dientes. Concentrarme en respirar despacio, en mantener la calma, en soportar el peso en la cintura, en no perderme nada, ni un minuto. Ensimismarme con el ruido violento del martillo, como si fuera un ruido de la Tierra, con el polvo en el aire, con la cinta vacía, con los hombres que encuentro trabajando. Disfrutar cuando el carbón se deshace en las manos con solo tocarlo, notar en la cara la urgencia del calor. Pensar: cómo será caminar por una mina en Sudáfrica o Sudamérica…

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1ª planta. La luz. La libertad. Los recuerdos. El polvo. La memoria. La belleza de un oficio.

2ª planta. Recordar el olor a madera del abuelo, la raya pintada en los ojos de mi padre.

3ª planta. Luchar contra uno mismo, luchar contra el destino, luchar contra la edad.

4ª planta. Los derrumbes, los accidentes, las huelgas, la revolución del 34.

5ª planta. La vida; más grande cuánto más abajo.

6ª planta. Subir, como si no fuera la primera vez.

7ª planta. Se vuelve a cerrar la jaula.

De pensar en salir de la mina nos entra claustrofobia.  De vuelta a la mascarilla, a la inseguridad, a la desconfianza en los ojos de la gente, al gel, al miedo a contagiar lo que no tienes, al miedo a que te contagien lo que tienen, al día nublado, a la lluvia fina de un verano en Asturias, a los reproches, al paisaje decadente de una tierra bella, a la misma carretera, la de todos, al mismo cielo, el de algunos, al túnel, al enorme esqueleto de hormigón inacabado, a la falsedad de un cartel electoral, al vacío de una casa abandonada, al verde de fondo, a la protección de las montañas, a la sombra de un grafiti viejo, a un cementerio invadido por las moscas, a un polígono industrial desmejorado, a un árbol de más de cien años, a una curva cerrada; que me recuerda de golpe la miseria y la belleza de un baño en Nom Pen, la fachada afrancesada de un caserón en el centro de Hanói, el cartel de neón de un hotel en Japón que anuncia: 157 días para Tokio 2020.

Después de un rato en la ducha, cierro el grifo y abro los ojos: era lunes y mi piel continuaba negra… del carbón.

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